La APLP rechaza declaraciones de Quintana sobre periodistas

La Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) expresó ayer su “total rechazo” a las  declaraciones del ministro de la Presidencia Juan Ramón Quintana, quien el fin de semana acusó a los trabajadores de la prensa y medios de ser “bufones a sueldo” y “que viven a costilla del imperio”.

“Expresamos nuestro total rechazo a las declaraciones emitidas que denotan una falta de respeto a ciudadanas y ciudadanos que trabajan en medios de información, cumpliendo tareas que tienen como único fin informar a la sociedad con ética y veracidad”, señala el comunicado de la organización de periodistas.

El texto agrega que  “las acusaciones” de Quintana “son infundadas y carentes de verdad”.

El  sábado, el  Ministro de la Presidencia  se estrelló otra vez contra algunos medios  y periodistas. “Los periodistas pro imperiales han vivido a costillas de la platita del imperio. El pueblo boliviano vive gracias a su trabajo digno y sacrificado. No le debemos nada al imperio y como no le debemos nada no nos vamos a someter, como estos bufones a sueldo que los tenemos en algunos medios de comunicación y que tratan de dañar la credibilidad y el liderazgo del presidente Evo Morales”, dijo en un conversatorio sobre el libro Bolivia Leaks, en el auditorio de radio San Gabriel en la ciudad de El Alto.

Quintana, fiel a su estilo, no cejó en poner etiquetas a los trabajadores de la prensa a quienes en más de una ocasión  tildó de ser enemigos del Gobierno. Al finalizar su discurso, en el conversatorio en El Alto, dijo que el Gobierno no se dejará intimidar por el “cártel de la mentira que todos los días le miente al pueblo boliviano para cobrar su plato de lentejas en la Embajada de EEUU”.

La APLP, mediante su comunicado, instó “a todas las autoridades del Estado a presentar pruebas fehacientes de sus acusaciones contra periodistas y medios de comunicación para demostrar el supuesto caso de desestabilización al actual Gobierno, protagonizado por periodistas profesionales en el ejercicio”.

La pasada semana, Quintana tildó a Página Siete de “polilla sin sangre” y de tener una “huella digital” en la muerte del viceministro de Régimen Interior, Rodolfo Illanes, quien fue asesinado en Panduro por una turba de mineros cooperativistas, otrora aliados del Gobierno.

Fuente: Página siete, 15.9.16

Los medios y la democracia

El reciente “golpe institucional” en Brasil no podría comprenderse sin el protagonismo que en ese escenario tuvieron las grandes corporaciones mediáticas. De tanto afirmarlo, lo antes dicho se ha convertido en un lugar casi común y, por este mismo motivo, se corre el riesgo de desestimar la importancia que ello tiene para el ejercicio de la ciudadanía, para la libertad y para la democracia misma como sistema que busca hacer de la representación ciudadana la garantía de la igualdad de derechos. Lo cierto, lo real, lo concreto es que en Brasil los parlamentarios destituyeron, sin motivos fundados, a la Presidenta que había sido elegida por 54 millones de brasileños. Y para hacerlo contaron con la complicidad de los medios más poderosos que trabajaron el tema, construyeron sentidos, en algunos casos falsearon información y, por supuesto, jugaron sus propios intereses.

Lo ocurrido en Brasil ahora no hace sino poner en situación una realidad que atraviesa toda la región y que se ha repetido en varios países, apenas con diferencias menores y que vuelve a poner sobre la mesa del debate el papel de los medios y de los periodistas en democracia. Y abre nuevamente la posibilidad de pensar el asunto en Argentina.

El colombiano Omar Rincón, uno de los estudiosos latinoamericanos de la comunicación que más se ha dedicado al tema, en varios de sus escritos sostiene que “la democracia ha devenido una batalla mediática” y que “los medios de comunicación son la cancha donde se está jugando la democracia en América Latina”, para agregar en otro momento que “medios de comunicación y gobiernos luchan por el amor del pueblo” porque “los medios se retiraron de su rol de contrapoder y se asumieron como actores políticos; creyeron tanto en sí mismos que decidieron que con base en su poder moral y su tradición liberal y su libertad de expresión tenían derecho a juzgar, condenar, absolver, ordenar o gobernar”.

Son frases de distintos textos del pensador colombiano que todas juntas sirven para describir un proceso al que asistimos en todo el continente.

Manuel Chaparro, periodista español y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, completa el panorama anterior advirtiendo “que la ciudadanía tenga que estar en silencio en una democracia es no sólo perjudicial sino peligroso” y “que los medios definan e interpreten el sentir, la inquietud y el deseo de los ciudadanos en función de intereses propios ocultos es desestabilizador”.

Y agrega el propio Chaparro que “la comunicación debe promover como objetivo el empoderamiento de la sociedad civil, su capacidad de respuesta crítica, su participación desde el manejo de una información comprometida con la verdad. La información en los medios de masas debe responder a la necesidad de facilitar claves para comprender la realidad. Responder a los desafíos y los problemas no es posible sin un sistema de información y comunicación verdaderamente democráticos”.

Entonces ¿cuál es el papel que los medios de comunicación y los periodistas pueden y deben jugar en el sistema democrático?

Las respuestas están en las afirmaciones de Chaparro señaladas líneas más arriba.

– Empoderamiento, participación y respuesta crítica de los actores de la sociedad civil a partir del manejo de información veraz, plural y diversa, en fuentes, en argumentos, en vocerías.

– Colaboración en ofrecer claves de lectura para la interpretación de lo real, para comprender las situaciones de la vida cotidiana. Claves de lectura que deben entenderse como herramientas para interpretar y no como anteojos o recetas fijas y predeterminadas.

En definitiva: un ejercicio pleno del derecho a la comunicación, en el que los periodistas, los comunicadores en general, profundicen su tarea de facilitar el diálogo público en el espacio público, como profesionales pero también como actores comprometidos de una sociedad democrática que necesita del aporte de cada uno y de cada una para seguir construyéndose y consolidándose.

Y tal como lo viene sosteniendo en sus diversos pronunciamientos en la Argentina la Coalición por una Comunicación Democrática (CCD), garantizar lo anterior no puede ser apenas una decisión individual de los dueños de los medios o de los periodistas, sino que por tratarse de una cuestión que atañe a los derechos del conjunto de la ciudadanía, corresponde al Estado tener una participación activa y positiva para garantizar tales derechos. El debate sobre la nueva ley de comunicación que el gobierno dice impulsar genera una nueva oportunidad para que así sea, siempre y cuando los representantes abran sus oídos a la escucha de los diferentes actores involucrados.

Fuente: Página12, 14.9.16 por Washington Uranga, periodista uruguayo

Periodismo en España: presiones sobre contenidos políticos

Un estudio titulado “Percepciones políticas, económicas y organizacionales de los periodistas. Una amenaza para la libertad de prensa”, dirigido por Cristóbal Crespo y llevado a cabo en la Escuela de Comunicación de la Universidad de Amsterdam revela que la ideología del periodista no resulta relevante a la hora de que éstos reciban presiones políticas, económicas, o de la propia organización, que limitan la libertad periodística.

El estudio señala “que los periodistas españoles están sometidos a una gran presión política debido a la cantidad de información política existente y cuyos políticos intentan controlar para cumplir sus expectativas. Así como a una gran presión económica, debido a que los medios normalmente no generan ingresos suficientes para subsistir por su cuenta, y esto provoca que se produzca una reducción de la calidad del contenido, y guía a los periodistas a evitar publicar determinado contenido para no ahuyentar a posibles anunciantes. En relación a las presiones que la organización somete a los periodistas, se ha encontrado que la organización posee una estructura dominante, y que los periodistas están sometidos a los objetivos de la organización, a las rutinas y a la influencia de dueños y editores.”

Estas conclusiones se deducen de una encuesta dirigida a más de 500 periodistas españoles, que trabajan en medios de ámbito regional y nacional. La edad media de los periodistas participantes en el estudio ha sido de 53,19 años, y con una amplia representación de periodistas de diversos medios.”

Merece destacarse “que un 76,5 % de los periodistas ha afirmado haber recibido alguna vez presiones políticas. Un 92,2 % afirman haber recibido influencias directas de sus dueños a la hora de publicar cierto contenido, y un 88,5 % afirma percibir las influencias de las expectativas económicas del medio como una influencia económica que limita su libertad de prensa. También, un 52,9 % de los periodistas considera que su congruencia ideológica está alejada 2 puntos o más en el espectro ideológico, respecto al medio para el que trabajan.

Tambien señala que “los periodistas con contrato indefinido perciben una mayor libertad de prensa y menos presiones externas e internas” y que “las mujeres periodistas, reciben más influencias económicas y de su organización que un periodista del género opuesto.”

Fuente: Periodistas en español, 14.9.16

Los elementos del periodismo

Es mejor empezar por algunos ejemplos.

Cuando George Clooney estrenó en España Buenas noches y buena suerte, en la que encarnaba al periodista que se enfrentó a McCarthy, apareció en EL PAÍS un reportaje en el que otros periodistas españoles, de distintos medios, explicaban el papel que les correspondía a los informadores en situaciones como la provocada por aquel látigo de las libertades en los Estados Unidos de la Guerra Fría.

Un periódico digital publicó enseguida una información en la que denunciaba el reportaje porque en él solo aparecían periodistas del Grupo PRISA, editor de este diario. En el reportaje aparecía únicamente Iñaki Gabilondo, que entonces dirigía el informativo más importante de Cuatro, y prolongaba allí una carrera impresionante en el oficio. El resto de los entrevistados eran tres periodistas de Atresmedia, dos de Televisión Española, dos de Telecinco y uno de TV3. El periódico digital recibió una llamada de protesta de EL PAÍS. El director de ese medio digital dijo para empezar que la protesta no respondía a la realidad, pero fue leyendo, mientras conversaba, lo que él mismo había decidido publicar. Al acabar dijo: “Es verdad, hemos manipulado. Pero no vamos a rectificar. ¿Quieres que te hagamos una entrevista?”.

Años antes, un periodista de larga data concluía en el desaparecido Diario 16 una serie contra periodistas de este grupo, con los que él había compartido, entre otras, la aventura profesional de poner en marcha este diario. El compañero que fue zaherido, como los demás, en último término, pidió el consejo judicial. El juez dijo: “Es mejor que no hagas nada. Estarás años litigando y mientras tanto te seguirán dando estopa”.

Un tercer ejemplo. La reciente publicación de los llamados papeles de Panamá desató tuits y retuits de toda laya por parte de medios que de ninguna manera podían tener acceso a los papeles propiamente dichos; la urgencia con la que aceptaron como válidos los datos, así como la prolongación, en forma de opinión, de los mismos, sugería la posibilidad cierta de que lo hacían no sólo para subirse al carro de lo que publicaban otros sino porque así ampliaban la difusión de su marca. En un momento determinado, como si hubiera sufrido un espasmo, la información dejó de ser relevante en los medios, madre de la citada exclusiva. Nadie ha explicado en esos medios, y tampoco en los medios nodriza, a qué se debió el súbito black out. Como esas empresas tampoco han hecho transparentes las causas, nadie ha podido comprobar la razón por la que de pronto les pudo asustar la revelación que los dejó mudos.

Hace tres años, la periodista Almudena Ariza, de Televisión Española, recibió todo tipo de insultos por parte de un documentalista que se sintió malherido porque Ariza no usó material suyo para una determinada información. Los insultos fueron recreados en la Red por desaprensivos que, como los que copiaron los papeles de Panamá, consideraron que no era imprescindible comprobar el género que compraban con tanto entusiasmo.

El insulto no es lícito, decía la sentencia que compensó a Almudena Ariza. En periodismo tampoco es lícito el rumor, y por supuesto no es profesional dar curso a supuestas informaciones que no se han comprobado. El mundo digital se ampara en la amplitud de la Red, que abre sitio para todo, y en la impunidad de Twitter y de otras redes sociales. El periodismo (y no sólo el de la Red) se ha contaminado de ese conjunto de impunidades y hay muy pocas personas o entidades perjudicadas que hayan tenido el arrojo y la paciencia de Almudena Ariza para imponerse en contra de la vejación que ha sufrido.

El periodismo está siendo contaminado por la opinión y, en gran medida, por el insulto disfrazado de opinión. Hechos irrelevantes no confirmados, por irrelevantes, adquieren forma de grandes escándalos en medios que no tienen el pudor de poner sus propios datos en el espejo del interés público. Herir por herir, porque al enemigo hay que ahogarlo con agua sucia. The New York Times ha tenido que advertir a sus periodistas de que la opinión (la Opinión) tiene su sitio en el periódico, y no es en la información. En España la opinión está en todas partes; y muchas veces la información que se da es pura opinión contra aquellos cuyo mal se desea.

Bill Kovach y Tom Rosenstiel, dos grandes estudiosos del oficio, publicaron a principios de siglo sus conclusiones de una investigación que diera de sí un código de los elementos esenciales del periodismo (Elementos del periodismo, 2003, publicado en España en 2012). Estos son los puntos derivados de su investigación: “1. La primera obligación del periodismo es la verdad. 2. Debe lealtad a todos los ciudadanos. 3. Su esencia es la disciplina de verificación. 4. Debe mantener su independencia con respecto a aquellos de quienes informa. 5. Debe ejercer un control independiente del poder. 6. Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario. 7. Debe esforzarse por que el significante sea sugerente y relevante. 8. Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas. 9. Debe respetar la conciencia profesional de sus profesionales”.

La facilidad con la que hoy se disparan rumores, conclusiones precipitadas, insultos y acosos a los medios o a aquellos que no son de la cuerda de los que se sienten en posesión de la verdad genera, por desgracia, esa sensación de que el periodismo es otra cosa, un grito, un insulto o un puñetazo. Y no es otra cosa. Sigue siendo aquello que definía Eugenio Scalfari: “Periodismo es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Nos están vendiendo una mercancía averiada, y además el público la está comprando gratis, porque no sólo es gratuita sino porque están haciendo que no valga nada.

Fuente: El País, 13.9.16 por Juan Cruz, periodista español

Dictadura, periodismo y democracia

Los dictadores le temen al periodismo como Drácula a La Cruz, y este miedo los hace cometer todo tipo de tropelías contra ellos, sin entender que la valentía es invencible

Este artículo fue inspirado en la valentía de un columnista llamado Andrés Gomez Vela, especialmente por el artículo titulado: El blef del control entre cocaleros y el sospechoso “volteador”.

¡Cuán grande es la importancia del periodismo en el combate a las dictaduras formales o disfrazadas! ¡Cuán grande es la importancia del periodismo en el sostenimiento y mejoramiento de las democracias verdaderas! ¡Cuán grande es la importancia del periodismo en el combate a la corrupción pública y los abusos de poder! En el mundo moderno no es concebible una democracia sin un periodismo libre.

Directores de medios, editores, periodistas, editorialista y columnistas, juegan un papel invalorable en la información y orientación de la opinión pública. Es en estos espacios; hoy ampliados a las redes sociales, donde se expresan las ideas y se realizan los debates, la confrontación siempre esclarecedora de tesis y de antítesis. En ellos se materializa la tan preciada libertad de expresión.

Los filósofos de la Ilustración comprendieron en, el siglo XVIII, que: “la posibilidad del disenso fomenta el avance de las artes, las ciencias y la auténtica participación política”.

A mediados del siglo XX la libertad de expresión fue reconocida como un derecho humano. En el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; que siempre es grato recordar, expresa: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Da mucha rabia ver como en el Tercer Milenio este Derecho Humano sigue siendo una utopía, para muchos países. Los dictadores le temen al periodismo como Drácula a La Cruz, y este miedo los hace cometer todo tipo de tropelías contra ellos, sin entender que la valentía es invencible.

Pobre del país donde la libertad de expresión deja de ser un elemental derecho humano, para transformarse en un acto de valentía.

Fuente: Los Tiempos, 13.9.16 por Jimmy Ortiz Saucedo, abogado

La ruta del dragón chino activa el periodismo de investigación

“El periodismo de investigación es a la vez un desafío frente al poder y un riesgo para quienes lo ejercen (…) La ruta del dragón chino nos permite despejar las cortinas de humo y ver lo que se esconde detrás”, señaló  el periodista y escritor Alfonso Gumucio Dagron.

Gumucio fue uno de los comentaristas en la presentación del libro La ruta del dragón chino: el caso CAMC del equipo de investigación de Página Siete, conformado por Carla Hannover, Manuel Filomeno y Pablo Peralta. En el acto realizado el sábado por la noche en la sala Emma Villazón de la FIL 2016 participaron -además de los autores- el experto en hidrocarburos, Hugo del Granado, y el director de Página Siete, Juan Carlos Salazar.

“Página Siete emprendió en marzo de 2016 un trabajo de investigación para conocer en detalle cada uno de los siete contratos que el Estado boliviano ha suscrito con la empresa china CAMC”, explicó Salazar. La investigación se tradujo en la publicación de cinco dossiers, que ahora han sido publicados en formato libro.

Durante cinco meses, explicó Salazar, Página Siete analizó siete contratos que CAMC suscribió con YPFB (2009), con la empresa azucarera Sanbuenaventura (2012), con el Ministerio de Obras Públicas (2013),  con la empresa pública Misicuni (2014) y con la Gerencia Nacional de Recursos Evaporíticos (2015).

En cada caso, el equipo de Página Siete acudió a documentos oficiales, visitó cada una de las obras y entrevistó a los responsables de cada entidad pública. Además solicitó la opinión de expertos. Muchos funcionarios se negaron a absolver las dudas y responder a las preguntas de los periodistas, señaló Salazar.

Luego de revisar los contratos, los investigadores encontraron una serie de irregularidades, tanto en las adjudicaciones como en la ejecución de los proyectos, detallados en las conclusiones del libro. “Al final del trabajo, el lector encontrará las conclusiones de la investigación que muestran la existencia de aspectos que todavía deberán ser investigados y esclarecidos”, afirmó Salazar.

Carla Hannover, en representación del equipo de investigación,  explicó que el principal desafío consistió en dar un equilibrio a las notas, sobre todo, en un momento en el que se maneja un discurso polarizado, como el actual. Asimismo, se refirió a la dificultad de obtener las contrapartes.

“Lamentablemente en la mayoría de los casos, los responsables optaron por  no hablar del tema”, indicó. “(Pero) es importante resaltar que en el caso de los contratos firmados con la empresa Misicuni y con la empresa azucarera Sanbuenaventura se accedió a las respectivas contrapartes, algo que agradecemos”, aclaró.

Gumucio señaló que es difícil hacer periodismo de investigación cuando un gobierno no es transparente. Pero también afirmó que ésto lo hace más desafiante. “(El periodista) puede seguir pistas casi secretas y revelar lo que unos quieren ocultar y otros quieren conocer -dijo-  Hacer periodismo de investigación en Bolivia es como rastrear las huellas de un ave en el cielo; no es nada fácil”.

En el país, aún es más difícil porque los periodistas no están formados en esa línea. “Tengo ganas de decir que no están formados ‘a secas’”, señaló Gumucio, al explicar que incluso muchos profesionales carecen de cultura general. Otra dificultad estriba en que los medios de comunicación  no cuentan con recursos para apoyar investigaciones de larga duración.

Por todo lo referido, ponderó la labor del equipo de investigación de Página Siete. “Éste es un gran logro en un país en el que el periodismo se ha convertido en una mera reproducción de boletines oficiales y copiado de noticias de internet, muchas veces sin siquiera citar la fuente”.

“El análisis realizado por los periodistas Carla Hannover, Manuel Filomeno y Pablo Peralta nos permite despejar las cortinas de humo y ver lo que se esconde detrás. Es importante que se haya reunido en un solo libro las cinco separatas – señaló- Ahora tenemos un documento consolidado que nos ofrece la foto completa”.

Asimismo, del Granado se refirió al valor histórico del libro. “Los artículos que uno escribe, incluso los dossiers son muy volátiles. El hecho de hacer que esto sea plasmado y concretado en un libro es para quedar en la historia”, señaló.

Para este experto, el libro sirve además para agrupar factores comunes en los contratos analizados: la falta de documentación, las modificaciones de los contratos, los atrasos y los incumplimientos.

“Lo que nos deja el libro es una tarea, porque los proyectos no están terminados (…) Todavía hay mucha tela para cortar, mucho trabajo por investigar. Ojalá se pueda hacer un seguimiento de todos estos proyectos”, concluyó del Granado.

La representante del equipo admitió que ésto es posible. “Me animo a decir que La ruta del dragón chino es una muestra de que la investigación periodística es posible en Bolivia”, señaló. Ello, claro, con el impulso de las direcciones de los medios de comunicación “como parte de un compromiso en la búsqueda de la transparencia”.

Fuente: Página siete, 12.9.16 por Gonzalo Díaz Díaz de Oropeza, periodista boliviano

¿Existen aún las redacciones?

Todo tiempo pasado no fue necesariamente mejor, ni peor, sino distinto. Marx dijo aquello de que la historia se repite pero en clave de farsa, pero no era más que una ingeniosidad; las cosas no se repiten y las redacciones, menos. Tanto, que el concepto histórico de redacción como alma mater, casa-cuartel y escuela de formación profesional sin desaparecer del todo, sí que se ha diluido. La redacción ha emigrado al éter, ya no es el cenáculo que te acunaba y abroncaba, y el periodista transporta en sus metafóricas alforjas una idea o mejor una práctica de redacción allí donde vaya. No solo puede trabajar en casa, lo que ya era común desde hace años, sino que con el smartphone accede a donde sea preciso en una variedad de plataformas, para hacer directamente el periódico.

En las redacciones más modernas el plumilla y el fotero necesitan adquirir nuevas destrezas, como estar permanentemente atentos a las redes sociales a título de buscadores o exploradores de todo aquello que ahora se llama viral; los analistas valoran al día, al minuto, si se cumplen los objetivos de visitación exterior de los diversos productos de la casa al tiempo que la publicación se instala con texto, vídeo, tertulia o análisis en las redes, incluso antes de decidir qué, cómo y cuándo, si ese es el caso, encuentre acomodo en la web del periódico, no digamos ya si llega hasta las venerables páginas del impreso. Y no hace falta decir que el periodista clásico ha tenido que hacerse de unos conocimientos de informática aplicada, con los que no hace tantos años ni se soñaba.

El lugar físico que llamamos redacción, continúa, con todo, existiendo y aunque no está prohibido que el ser humano se siga dirigiendo la palabra, la necesidad del contacto en reuniones, congregaciones y comparecencias personales se ha reducido hasta lo mínimo. Todo se puede hacer más rápida y eficazmente por la comunicación inalámbrica de forma que planes, sugerencias, hasta debates se desarrollan en zonas y formas predeterminadas del uso de Internet. El Slack está ahí para eso, un foro permanente, general, seccional o del ámbito que se le asigne, para que quien corresponda sepa todo, discuta todo, decida todo.

Se trata de la peligrosa inercia de creer que todo está y se puede hacer sin salir de Internet

Pero esa nueva realidad no deja de encerrar peligros que las mejores redacciones deben saber conjurar. Se trata de la peligrosa inercia de creer que todo está y se puede hacer sin salir de Internet, lo que es terriblemente cierto, pero con una trampa añadida, que sería especialmente dañina para el gran periodismo que nos queda, el de investigación, que ha de facilitar el valor añadido de lo propio porque lo que sabe todo el mundo, dan las agencias, repiquetean los medios audiovisuales, y se acepta prima facie, es material de segunda mano. Lo propio, que es la materia prima natural del periodismo de investigación, tiene un componente que todo el océano electromagnético no necesariamente posee: la persona, el momento, la palabra, el gesto, la figuración de lo que está pasando. Tocar humanidad sigue siendo imprescindible y hay que felicitarse de que las ondas nos faciliten mensajes de a dónde ir, a quién preguntar, qué hay que ver para describir e interpretar. Esa es la parte que nos remite a nuestra propia historia periodística, no porque sea idéntica a cómo lo hicimos en el pasado, sino porque es lo que los ingleses llaman la extra mile, el paso —o los pasos— que hay que saber dar para ofrecer al consumidor, o usuario o navegante o visitante, algo de nosotros mismos.

Está de moda hablar de periodismo digital como si fuera un contenedor aparte, hecho de efluvios intangibles, y aunque periódicos digitales sí que es evidente que los hay, me permito creer que la justificación histórica de nuestro trabajo sigue siendo la misma: el periodismo, aunque sea con redacciones ultramodernas y diferentes, es la técnica o el oficio de la cultura con la que se trata de explicar al público por qué pasan las cosas que pasan.

Fuente: El País, 10.9.16 por M.A. Bastenier, periodista español

Sin derecho al olvido

Vivimos tiempos de peligro, cuando en muchos casos, la historia se pretende olvidar con el mismo “bo­rrón y cuenta nueva” usado por oportunistas y revisionistas al desintegrarse la Unión Soviética y colapsar el llamado socialismo europeo

Con aquellos cantos de sirena pro capitalistas, también se fueron bo­rrando historias de grandes hombres y conmemoraciones de alta valía.

El periodismo no quedó al margen de esas aberraciones y la figura del periodista checo Julius Fucik, por solo citar un ejemplo, poco se recuerda o peor aún, su histórico Reportaje al pie de la horca, tal vez no constituya material de estudio de la llamada Academia de muchos países, de donde egresan los profesionales de la prensa.

En su último párrafo, el citado Reportaje dice:

“Vaya, también mi obra se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es una obra. Es la vida.

Y en la vida no hay espectadores.

El telón se levanta.

Hombres: os he amado. ¡Estad alerta!

Julius Fucik. 9-6-1943”

En 167 tiritas de papel higiénico llegadas a la celda 267 de la cárcel de Praga, Fucik redactó y pudo hacer que se sacara del lugar, su Reportaje que lo inmortalizó.

¡Estad alertas!, ese  es el llamado que no debemos olvidar hoy, por cuanto el mensaje contiene, por sí solo, el sentimiento de un ser humano sometido a las más crueles torturas, que no vaciló en advertir a la humanidad lo que se avecinaba tras la avalancha fascista que estremecía a Europa.

Había nacido el 23 de febrero de 1903 en el seno de una familia obrera. Estudió filosofía en la Universidad de Pilsen.

Como periodista, crítico literario y teatral, alcanzó re­lieve, antes de que se convirtiera en redactor de publicaciones comunistas como Rude Pravo y Tvorba. Fue miembro del Comité Central del Partido Comunista de Checoslo­vaquia.

Durante la ocupación nazi publicó con un seudónimo hasta abril de 1942 cuando fue detenido por la Gestapo, llevado hasta la cárcel de Pankrac, en Praga, y torturado salvajemente. En el verano de 1943 fue enviado a Alemania y asesinado en la prisión Plötzensee de Berlín.

Por su Reportaje, Fucik fue ga­lardonado en 1950, a título póstumo, con el Premio Internacional de la Paz. La Organización Inter­na­cio­nal de Periodistas (OIP) tuvo como su máxima distinción la Medalla de Honor Julius Fucik.

El poeta chileno, Pablo Neruda dedicó a Fucik una de sus obras literarias:

“Por las calles de Praga en invierno, cada día

Pasé junto a los muros de la casa de piedra

En que fue torturado Julius Fucik.

La casa no dice nada: piedra color de invierno,

Barras de hierro, ventanas sordas.

Pero cada día que pasé por allí

Miré, toqué los muros, busqué el eco, La palabra, la voz, la huella pura

Del héroe”.

En su Reportaje al pie de la hor­ca, compuesto por ocho capítulos, na­rra la crueldad de la tortura a un ser humano —él mismo— a la vez que piensa y escribe sobre lo que a esas horas estaría pasando fuera de aquel macabro recinto.

Comienza el relato por la noche de la captura y la primera sesión de torturas. Entre preguntas y golpes de sus captores, el periodista describe cómo caen sus dientes, mientras imagina la rutina de su ciudad, de su país, de la humanidad.

Una vez derrotado el fascismo, se eligió el día de la muerte de Fucik —un 8 de septiembre— como el Día In­ternacional del Periodista, por organizaciones y colegas progresistas del mundo, en homenaje a quien supo dar muestras de excelente profesional, buen comunista y gran hombre.

Hoy, la fecha no aparece entre las celebraciones internacionales por el Día del Periodista. Tampoco se ha­bla mucho o se enseña sobre la figura de Julius Fucik, y su Re­portaje al pie de la horca, y que la historia del presente y el futuro debe tener en cuenta.

Y, aunque en algún lugar de este mundo, hasta su nombre haya de­saparecido de plazas y sus monumentos derribados; sería imperdonable que las actuales y venideras generaciones de periodistas no ten­gan entre sus paradigmas al autor del Reportaje al pie de la horca.

Estamos a tiempo de salvar ese des­liz histórico. Hagámoslo. ¡Es­te­mos alertas!, como el propio periodista-héroe nos pidió.

Fuente: Granma, 8.9.16 por Elson Concepción Pérez, periodista cubano

Sí, las noticias pueden sobrevivir a la muerte de los diarios de papel

Un día, dentro de muchas décadas, cuando tus nietos te pregunten: “Abuela, ¿qué era un periódico?”, podrás hablarles del martes 6 de septiembre de 2016, porque este bien podría ser el día en que los periódicos estadounidenses tal como los conocíamos salieron de terapia intensiva y llegaron al área de cuidados paliativos en su camino hacia el más allá.

La Newspaper Association of America, el organismo gremial que ha representado los intereses de una u otra manera de los editores de los principales diarios desde 1887, sacará de su nombre la misma palabra que la definía: newspaper (periódico).

Ahora el grupo se llamará News Media Alliance (Alianza de Medios Noticiosos).

Hay una razón obvia detrás del cambio: la cantidad de diarios continúa disminuyendo, lo que ha reducido el número de miembros de la asociación (de una cantidad aproximada de 2700, en 2008, cayó a 2000, dicen sus dirigentes).

Sin embargo, el problema principal, según me dijo su presidente ejecutivo, David Chavern, es que la palabra “periódico” ya no es el significante adecuado para nombrar a muchos miembros del grupo, incluyendo The Washington Post, The New York Times y Dow Jones. Estos miembros pueden contar con diarios impresos, pero presentan elevados porcentajes de lectores en línea. De hecho, en la actualidad ni siquiera se puede hablar exclusivamente de “lectores”, cuando hay tantos millones que son “espectadores” de videos informativos en línea.

Luego están todos esos organismos de noticias digitales que hasta ahora no podían unirse a la asociación porque no contaban con ediciones impresas, como BuzzFeed o el Independent Journal Review (este último es uno de los primeros miembros que no publica un periódico). El requisito de contar con una versión impresa era innecesario para un organismo que necesita de la mayor cantidad de miembros posible para enfrentar numerosos desafíos existenciales, tales como el bloqueo de anuncios digitales, el fraude en publicidad o los agregadores que roban material y luego lo usan para competir.

“’Periódico’ ya no es una palabra lo suficientemente amplia para describir a la industria”, mencionó Chavern. “El futuro de este sector es mucho más extenso”.

A medida que el dinero por publicidad —que durante mucho tiempo financió el periodismo— se esfuma en el éter electrónico, no se sabe con certeza si los mejores servicios que los periódicos proporcionaban —obligar a los funcionarios a que dieran explicaciones, arrancar de raíz la corrupción— seguirán con vida.

En todo caso, la “eficiencia” actual podría hacer regresar a los lectores debido al bombardeo de noticias sin sentido o, en el peor de los casos, de desinformación. Solo hay que ver lo que sucedió después de que el Goliat de la transformación digital, Facebook, se deshiciera del equipo de editores que se hacía cargo del proceso de selección de sus “temas actuales”.

Al hacerlo, le dieron mayor control a un algoritmo.

Con una menor injerencia de humanos con criterio, el algoritmo promovió una noticia sobre un hombre que tenía relaciones sexuales con un sándwich McChicken, y seleccionó un reporte falso que decía que Fox News se desharía de su estrella principal, Megyn Kelly, porque se había pronunciado a favor de Hillary Clinton. Ella no había hecho tal cosa.

El programa de Facebook eligió esa historia falsa y la nota sobre el McChicken porque esas noticias estaban teniendo muchos clics en internet, y por lo tanto las consideró “tendencias”.

Estos ejemplos representan lo peor que puede pasar cuando las empresas de medios compiten para ofrecer a sus lectores lo que es popular (algo muy fácil de reconocer en esta era de mediciones de datos a toda hora) a expensas de lo que es verdadero o informativo.

Esto se exacerba cuando se saca del paquete a los periodistas con experiencia y criterio.

Lo ocurrido en Facebook no estuvo muy lejos de la situación apocalíptica que John Oliver mostró hace poco en su programa de HBO, Last Week Tonight.

Al hacer una parodia de la película Spotlight —sobre los reporteros del Boston Globe que revelaron abusos sexuales en la Iglesia católica—, Oliver imaginó una “red multiplataforma de distribución de contenidos” (lo que antes era un “periódico”) que soslaya un escándalo de corrupción gubernamental a favor de una nota potencialmente más popular sobre una criatura que parece al mismo tiempo un mapache y un gato: un “mapagato”.

La manera de pensar hoy en este sector es que el diario moderno (la empresa de noticias conocida antes como periódico) puede presentar tanto la nota del “mapagato” como la de la corrupción en el palacio de gobierno. Es decir, que puede conservar su misión de servicio público al mismo tiempo que ofrece artículos para generar tráfico en línea. Sin embargo, lo más seguro es que deban hacerlo con menos recursos y un equipo de reporteros más pequeño. Eso significa dejar de cubrir algunas historias, lo que en el mejor de los casos podría significar la omisión de historias de incendios que no sean letales con tal de perseguir a un pez más gordo, y en el peor significaría deshacerse del reportero a tiempo completo en el gobierno municipal.

Quienes no conocen y no aprecian a la prensa pueden decir que las empresas noticiosas se están quedando sin trabajo porque el público las está rechazando, pero no es así. A través de la publicación en internet, los periódicos están llegando a más personas que nunca.

El problema está en cómo ganar dinero. La circulación de periódicos en papel está decayendo, lo mismo que la publicidad impresa: los anuncios digitales son incluso menos redituables. El truco es encontrar una manera de compensar las ganancias perdidas.

Eso nos lleva de vuelta al punto en que comenzó esta columna. El periódico, como lo hemos conocido, está muriendo. Habrá menos razones por las que llorar, e incluso algo que celebrar, si nos damos cuenta de que tiene un alma atemporal que perdura.

Fuente: The New York Times, 8.9.16 por Jim Rutenberg, periodista norteamericano

Incidencia para la transformación

La inescindible relación entre comunicación y política atraviesa como idea fuerza central el último libro “Conocer, transformar, comunicar” (Editora Patria Grande, 2016), de Washington Uranga, docente e investigador de la comunicación.

Se trata de un trabajo que plantea una mirada comprometida de la realidad, en la que se refuerza la tesis de que el objeto de estudio de los comunicadores no son solo los medios o los productos comunicacionales, sino también, y muy especialmente, las prácticas sociales.

El análisis se ubica en la línea de pensamiento latinoamericano de investigadores de la comunicación, que ha hecho originales aportes a la disciplina, reconocidos internacionalmente. Es desde esa perspectiva que Uranga sostiene que “la comunicación se define por la acción”.

Todas las acciones propenden al cambio, porque todas pueden leerse como una perspectiva política, “si entendemos por política al proceso social que busca articular e intereses para el buen vivir”, define.

En tiempos de incertidumbres y búsquedas permanentes de pistas que orienten y le den sentido a la labor que desarrollan los actores de las organizaciones sociales, el autor entiende que la comunicación es uno de los escenarios donde se dirime la lucha política.

Es que así como no se puede imaginar la comunicación al margen de la política, tampoco es posible pensar la política sin la incidencia permanente y sistemática de los procesos comunicacionales.

Por política, advierte Uranga, no debe entenderse sólo la actividad de los partidos orientada a la toma y al ejercicio del poder, sino que además debe ser concebida desde la perspectiva amplia de la ciudadanía, como una labor cotidiana de incidencia que busca influir en el rumbo de las políticas estatales a través de organizaciones sociales.

“Todo hecho comunicativo es político porque es expresión de una toma de posición. No hay enunciación neutra”, añade. “Conocer, transformar, comunicar” desarrolla en extenso la idea de comunicación como una actividad central en las tareas de incidencia política, entendida ésta como una acción sostenida en el tiempo con objetivo de transformación social y perspectiva de derecho que busca influir y generar discusión pública sobre un tema, como una firme decisión de incidir en los procesos sociales y de construcción ciudadana hacia la concreción de una perspectiva plena de derechos. “Por eso –señala el autor– conocer, transformar y comunicar se orienta hacia la incidencia política en busca de una sociedad basada en la igualdad de derechos”.

La incidencia procura, a través de un camino integrado por distintos niveles, darle a un problema visibilidad, instalar agenda y, finamente, participar en la definición de políticas públicas.

Las políticas públicas, sostiene el autor, “deben ser el resultado de la interacción entre el Estado y la sociedad civil. Pero esa interacción es imposible sin espacios de concertación sustentados en la comunicación”.

Si la comunicación como actividad social es imprescindible para formular políticas públicas, lo es también para su implementación.

Las organizaciones sociales deben diseñar estrategias de comunicación que estén orientadas a darles, a las políticas públicas, sustento argumental, y al mismo tiempo forjar procesos a través de los cuales las políticas públicas alcancen sus objetivos.

Dice Washington Uranga que el comunicador no puede desentrañar por si solo la compleja trama de la realidad: “Toda práctica es comunicacional, pero no solamente comunicacional. La comunicación necesita, por su objeto de estudio, construirse desde la trandisciplinariedad”.

Por eso, “Conocer, transformar, comunicar” va dirigido a comunicadores, pero también a profesionales de otras disciplinas y a militantes sociales y políticos, que, en tiempos de emergencia como los que atraviesan las organizaciones de la comunidad, requieren imperiosamente de herramientas teóricas y prácticas que tornen viable la incidencia política para la transformación.

Fuente: Página12, 7.9.16 por Marcelo Gallo, argentino periodista. Secretario de Redacción y editorialista del diario El Ancasti de Catamarca. Miembro del Centro de Comunicación Rimasay.

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