Elogio del periodismo

Son conocidas las clasificaciones del periodismo según su ámbito temático, y que dan lugar a las secciones tradicionales de los diarios: política, economía, cultura, sucesos, etc.; o según la territorialidad: nacional, internacional…; o por la naturaleza del medio: periodismo impreso, periodismo digital… Pese a la variedad clasificatoria, en un reciente artículo en diario El País, Miguel Ángel Bastenier pone de relieve un elemento común en todos los tipos de periodismo: la naturaleza de la formación que debe tener quien lo ejerce.

En esa formación del periodista es indispensable la familiaridad con la lengua y la literatura. La lectura constituye el instrumento más importante de trabajo, su primera obligación. La lectura por lo menos de las grandes obras de la literatura en su propia lengua e “inmediatamente antes o después”, la lectura de los periódicos. Junto a estas, otra obligación es la calle, recuerda Bastenier, es decir, el trabajo del reportero, el contacto con la gente, la experiencia vivida. Habría que agregar a las lecturas que señala el artículo, otras aún más importantes, las lecturas de la realidad…

El autor ejemplifica en el periodismo de sección y, de forma específica en el de internacional, la aspiración generalista o de “todólogo” del periodista, no en el sentido de conocer un poco de todo sino lo suficiente de lo que sea necesario saber. Para Bastenier, “el generalista tendrá, por añadidura, tanto si trabaja dentro como fuera de la redacción, un terreno de especialización propia en la que aspire a ser al menos tan bueno como el mejor. Su pretensión, sin duda luciferina, será la de convertirse en el periodista total”. Y, recordando los peligros de los reporteros en lugares de conflicto bélico, recomienda un “estómago a prueba de bombas”. La inferencia esencial de su comentario es señalar la esencia humanista del ejercicio del periodismo.

Me parece que esa formación para los periodistas es más importante en estos días porque les permitirá contar con un elemento integrador, una visión y una teoría crítica para discernir lo esencial y desechar la paja entre la fragmentación y el desbordante flujo de información en la Internet y las redes sociales.

Ninguna tarea ha sido tan descalificada y ha recibido tantos ataques en el Ecuador de los últimos años como la de los periodistas y de los medios que no controla el Gobierno. En este contexto adverso, los periodistas en nuestro aquí y ahora, para glosar a Bastenier, han de tener un estómago a prueba de las cadenas y la publicidad oficial estigmatizadora, los calificativos denigrantes e injustos endilgados desde el poder contra ellos y los medios, el afán de controlarlos y convertir el derecho a la comunicación en un servicio público.

Urge reivindicar la tradición humanista del periodismo ecuatoriano cuya historia para quien la conoce sin prejuicios y anteojeras honra a la cultura nacional y las luchas por los derechos humanos, la libertad, la justicia y la democracia en el país.

Fuente: El Comercio, 14.11.14 por Diego Araujo, periodista ecuatoriano

La prensa crítica de los periodistas y los lectores

Muchos de los que leemos desde hace años algunos de esos medios, teníamos ganas de que alguien con la perspicacia y experiencia de Pascual Serrano -excelente analista de la comunicación- escribiera el oportuno y necesario libro que nos hablara de su historia, gestión, difusión y rumbo. Me estoy refiriendo a periódicos y agencias como Le Monde Diplomatique (Francia), La Jornada (México), Le Courrier (Suiza), Brecha (Urguay), Inter Press Service (IPS, Italia), Democracy Now! (Estados Unidos), Junge Welt (Alemania) y The Nation (Estados Unidos).

portada la prensa ha muerto La prensa crítica de los periodistas y los lectoresEl autor ha partido de la misma base para hacerlo que nosotros para leerlos, visto que los grandes medios de comunicación son acríticos y se circunscriben al pensamiento dominante, según podemos comprobar en nuestro país, ha buscado Serrano aquellas cabeceras que son díscolas y que lo son, además, con una profesionalidad contrastada, de modo que sus contenidos tienen una difusión amplia, están asentados en el tiempo -en algunos casos durante muchos años- y reconocen y remuneran el trabajo de sus redactores, sin basarlo en el voluntarismo o la solidaridad, que tantas veces afectan a la calidad del producto infomativo/opinativo.

Todos los medios que figuran en el libro, sin ser grandes o poderosos como los convencionales, cuentan con cientos o miles de puntos de distribución, disponen de redes de apoyo que los difunden, poseen miles de suscriptores que los financian, circulan por numerosos canales de radio o televisión, son reproducidos por numerosos nodos de comunicación y, sobre todo, se inspiran en la ciudadanía para decidir sus contenidos, dar voz a los ámbitos populares, servirse del análisis de los intelectuales críticos y contar siempre con el apoyo de sus lectores y audiencias.

Gracias a Pascual Serrano podemos entrar tanto en el registro contable de sus administraciones -más o menos saneadas- como en las reuniones de sus consejos de redacción, a fin de poder comprobar la mantenencia de su viabilidad económica en un periodo en que tanto se habla de la crisis de la Prensa. Precisamente éste era el objetivo del libro, tal como afirma el autor: exponer de modo divulgativo la estrategia y los métodos de estas cabeceras no neoliberales ante el entorno económico adverso del mercado neoliberal.

Quizá se habría conformado Serrano, al proyectar su trabajo, con esa exclusiva referencia a medios radicados en distintos países de Europa y América si en el transcurso del mismo no hubieran surgido en España una serie de cabeceras que mantienen similares criterios empresariales y una línea progresista y crítica semejante a la de las mencionadas. Lo que Serrano llama el boom español se inició tras la disolución del diario Público en papel y el abortado proyecto de La Voz de la Calle, con la arrancada de ElDiario.es, La Marea, Alternativas Económicas, Mongolia, InfoLibre y Jot Down Magazine, medios todos que también revisa el autor y sobre cuya corta trayectoria da algunos resultados económicos, muy positivos en el caso del periódico que dirige Ignacio Escolar.

Una parte del éxito de las empresas periodísticas analizadas en este libro, según escribe su autor como reflexión final, se debe a que sus equipos han comprendido que deben explicar el mundo sin miedo al compromiso, a tomar partido. Entienden que los lectores y las audiencias quieren voces valientes que interpreten lo que sucede, siempre que se haga no desde la mera opinión o la militancia, sino desde el rigor periodístico.

Dar voz a los colectivos sociales ignorados por el mercado o enfrentarse con valor al poder, siempre requerirá unos medios dispuestos a hacerlo. No tendrán la hegemonía de otros, pero siempre servirán para recordarnos que otro periodismo es posible, tal como está ocurriendo con las cabeceras incluidas en el libro de Serrano. Periodismo a pesar de todo, según reza en su cabecera ElDiario.es, que a mi juicio, debería cuidarse de una demasiado invasiva carga de publicidad para quienes no lo leen como socios.

Fuente: Periodistas en español, 13.11.14 por Félix Población, periodista español

El periodismo es un humanismo

El periodismo se ha clasificado secularmente en atención a la temática o a la territorialidad con la que se ejerce, y así lo denominamos —tanto impreso como digital— político, internacional, cultural, económico, sucesos o policial, espectáculos o farándula. Y, sin negar que como materia publicable existen esas categorizaciones, porque predomina una u otra en su fabricación, me siento algo incómodo con toda esa aparente fragmentación del trabajo. El periodismo es uno y probablemente más que trino, pero lo que varía no es el contenido profesional en sí mismo, sino su punto de desembocadura en el periódico, las características de la sección correspondiente.

¿Qué es, entonces, lo específico de cada uno de los encasillamientos citados?: fundamentalmente, el tipo de formación de que ha de dotarse el periodista para el desempeño de su cometido, aunque siempre haya conocimientos comunes a todos ellos. Hagamos primero un somero repaso a esas dedicaciones universales del periodista. Es imprescindible una familiaridad con la literatura, cuando menos de la lengua propia. El periodista que carezca de un conocimiento suficiente de las joyas de la literatura española, verbigracia el Quijote, Lope, Quevedo y una serie de clásicos contemporáneos, muchos de ellos latinoamericanos, es de una osadía preocupante. Y saber algo de Shakespeare, el gran psiquiatra del mundo occidental, no le haría daño a nadie. Inmediatamente antes o después viene leer periódicos. Uno al día, el preferido, es muy poco porque así puede ocurrir que veamos solo ratificadas nuestras opiniones que son, frecuentemente, en lo que se transforman las obsesiones. Y todo ello se resume en que el periodista ha de estar constantemente leyendo, pero como complemento a una vida cuidadosamente diversificada, para no comer y beber únicamente en la compañía del gremio. Calle y lectura no solo no se oponen, sino que se explican, corroboran o desmienten entre sí. Tras esta mínima exploración, pasemos al periodismo de sección, centrándonos en Internacional, como resumen y compendio de toda la profesión.

El periodista de Internacional debe aspirar como primera pretensión a ser un ‘todero’, o generalista; aquel que tiene que saber, no ‘un poco de todo’, como se suele decir, sino lo suficiente de lo que haga falta. Por ello, ha de poder responder a solicitudes informativas tan dispares como la muerte de Ian Paisley, el fierabrás anti-papista del Ulster, o las circunstancias de la fundación del Estado Islámico en Siria-Irak. Cierto que la existencia de Internet, biblioteca inagotable del periodista, facilita las cosas, pero siempre habrá que saber primero dónde y qué buscar. Y eso no está en wifi.

Evidentemente hay que tener buen inglés, lengua por la que discurre lo esencial del tráfico informativo mundial; si el periodista es español, un respeto a la historia haría aconsejable el conocimiento del francés que, además, ayuda a ordenar los pensamientos; y de cara a un futuro que ya es presente, el árabe, seguramente con preferencia al chino, por lo menos para los que somos del Mediterráneo.

Ser ‘todero’ implica cubrir todas las áreas antes mencionadas: hará local, economía, deportes, política, cultura. Y como cualquier periodista de Internacional a lo que aspira es a una corresponsalía o a tener madera de enviado especial, deberá hacer eso no solo en la sede del diario, sino en Roma, Moscú, París o Washington, con la lengua de la localidad que habrá de conocer, así como dominar formatos tipo entrevista, crónica, análisis, perfil y ¿cuál no? El generalista tendrá, por añadidura, tanto si trabaja dentro como fuera de la redacción, un terreno de especialización propia en la que aspire a ser al menos tan buenos como el mejor. Su pretensión, sin duda luciferina, será la de convertirse en el periodista ‘total’.

Si nos movemos en un terreno más laboral, pero no por ello menos deontológicamente exigible, el corresponsal o enviado estará de servicio las 24 horas del día, porque los diferentes cuadrantes horarios le obligarán a trabajar a horas que no necesariamente sean las de la redacción central. El generalista, convertido, por tanto, en especialista, tendrá que haberse fabricado una red de contactos informativos tan extensa como práctica, especialmente en el mundo de la política, de la cultura, de la economía, y al mismo tiempo recorrer arriba y abajo el territorio que le sea propio. La calle y los despachos serán su hábitat natural.

La enumeración de aficiones y necesidades podría llegar al infinito, pero permítaseme un último e imprescindible consejo: como dice mi gran amigo, Tomás Alcoverro, uno de los mayores conocedores en el mundo de los Orientes Próximo y Medio, el internacionalista debe tener un estómago a prueba de bomba, porque allí donde vaya habrá de comer de todo. Por eso digo que el periodismo es un humanismo.

Fuente: El País, 8.11.14 por Miguel Angel Bastenier, periodista español

Soberanía tecnológica

“No puede haber política tecnológica

 a contrapelo de la política económica.”

Jorge Sabato

Las incursiones del hombre por el espacio exterior suelen considerarse el punto de partida de la globalización. Cuando Lovelock reconocía en Gaia, la biosfera terrestre, a un único organismo cuya atmósfera sostiene todas las formas de vida, McLuhan ya había augurado la unificación planetaria de formas y medios de producción, información y comunicaciones en una “aldea global”.

Sin embargo, aún se habla poco acerca de las condiciones y decisiones que preceden a los avances tecnológicos y científicos de la humanidad y la tecnología de un mundo intercomunicado, que consume a escala mundial, parece ser universal.

Pero tiene dueño.

El silencio acompaña a las corporaciones que mantienen el control y el dominio para direccionar y definir políticas concentradas en materia tecnológica. No sólo en cuanto a proyectos y comercialización. También administra categorías nacionales. Hay países y regiones que diseñan (alegóricamente, planetas cercanos al sol); planetas periféricos que fabrican productos y el resto, condenados a satélites consumidores.

Pero de eso no se habla.

Mantener a una nación como satélite requiere ciudadanos que ignoren que no hay ciencia ni tecnología nacional sin independencia económica y políticas de desarrollo.

Narrativa para satélites o planetas

Si todavía hay argentinos que creen que Arsat-1 existiría sin los esfuerzos y la voluntad política del gobierno nacional es porque quienes desean sustituir al poder político por gerentes realizaron un previo y eficaz cultivo cultural.

Sin monopolio ni censura, las miopías ciudadanas se revelan como efectos indirectos de la reiteración, en dos formatos, de ciertos contenidos comunicacionales: el espectáculo serial de escándalos y humillaciones al prójimo (con y sin bloopers), conducido por animadores de “júbilo hervido con trapo y lentejuela”, y los alegatos de serios predicadores acerca de la violencia, incapacidad y/o corrupción congénita de los indígenas locales y sus líderes populares.

En ambos formatos se privilegia la competencia feroz al trabajo creativo, la pelea al argumento y el egoísmo al interés comunitario, naturalizando un modelo de interacción social que soporta altas dosis de adrenalina, pero suprime el pensamiento crítico y revela, como objetivo final, la cancelación de los debates de fondo.

Por ejemplo, al diluir a Arsat-1 en discusiones estériles y planteos del siglo XIX, cuando se trata de decidir qué país se quiere.

Construir satélites o ser un país satélite

En palabras de Jorge Sabato: “Habrá que aclarar siempre que decir autónoma no quiere decir autárquica”; “Autonomía tecnológica significa la capacidad de elección de aquello que vamos a desarrollar, aquello que vamos a importar y completar”; “No se trata de tecnología nacional, se trata de manejo propio de la tecnología que más nos conviene, nacional o no. Por supuesto que si no hay un fuerte contenido de elementos propios, esos paquetes pueden no estar bajo nuestro control: si el paquete tiene todos los elementos importados, sencillamente nos encontramos bajo el dominio del dueño del paquete”.

“La conclusión es que el objetivo central, alrededor del cual hay que desarrollar el conjunto de acciones de una política tecnológica nacional, debe ser el del desarrollo de una capacidad autónoma en el manejo de la tecnología.”

Revolución copernicana

Cada tanto, la Argentina fue vaciada de científicos e industrias y sus intelectuales, convertidos en instaladores o emigrantes.

Edificar bases científicas y tecnológicas lleva décadas. Destruirlas, sólo algunos delincuentes enviando a los científicos a lavar los platos y suplantando emprendimientos e industrias por galpones y armadurías.

El conocimiento es una infraestructura tan difícil de preservar y tan valiosa para el desarrollo como los recursos no renovables. Hoy, los proveedores nacionales saben que diseñar componentes o producir software de base posee mayor valor agregado que su manufactura, y que la ingeniería para diseñar el robot es más valiosa que los fierros de una planta robotizada.

También saben que la innovación tecnológica emerge de las decisiones de una política pública sostenida.

La oposición, en contraste con algunos de sus propios padres fundadores, respalda proyectos de primarización de la economía, profundización de la brecha tecnológica y desequilibrio entre ingresos y egresos de divisas.

Argentina Digital mostrará quién es quién en el Congreso.

Urge reabrir el debate popular sobre el dominio de la tecnología, especialmente en telecomunicaciones, esencial para preservar las comunicaciones y, por ende, al sistema democrático.

El resto es inteligencia aplicada.

Fuente: Página12, 5.11.14 por Marta Riskin, antropóloga argentina

Experiencias más academia

Durante tres días, del 30 de octubre al 1º de noviembre últimos, la ciudad de Goya (Corrientes) se transformó en ámbito de debates cruzados sobre educación y comunicación, alimentado por casi dos mil participantes que circularon por el Congreso latinoamericano y del Caribe de educación, comunicación y políticas públicas en el territorio, una iniciativa conjunta del INTA, la municipalidad de Goya y la Asociación Civil de Comunicación Comunitaria (Accos), acompañados por universidades públicas y organizaciones de comunicadores que contaron con el apoyo del gobierno nacional a través de varios ministerios. A las conferencias, los debates, las mesas y los talleres sobre los temas propios del congreso se sumaron, de manera atípica para este tipo de eventos, un campeonato de fútbol popular, ferias de productos de la agricultura familiar y artesanal, muestras de productos comunicacionales y actividades artísticas abiertas a todos los vecinos de la ciudad de Goya.

Algunos datos que sirven para ilustrar la magnitud del acontecimiento: 2000 personas inscriptas, 200 expositores de Formosa, San Juan, Misiones, Río Negro, Chaco, Entre Ríos, Córdoba, Corrientes, Salta, Jujuy, Tucumán, Buenos Aires y llegados desde Colombia, Cuba, Paraguay, Brasil, Uruguay y España. Funcionaron 16 mesas en las que expusieron 102 trabajos y aproximadamente 30 experiencias de comunicación comunitaria tuvieron espacio para hacerse visibles.

Al margen del evento académico-político, el congreso fue un suceso político-cultural de gran impacto para la ciudad de Goya, que nunca antes había sido sede de un acontecimiento de este tipo y de tal dimensión.

En las conclusiones, los participantes expresaron, entre otras cuestiones, que “tanto la educación como la comunicación deben tomar como prioritarias en su agenda de trabajo las problemáticas ambientales producidas por intereses mezquinos que ponen lo económico por encima de lo vital y lo humano, tales como la muerte e intoxicación por agrotóxicos o el desplazamiento de comunidades enteras por la expansión del monocultivo”.

Señalaron también que “la educación popular y la comunicación comunitaria son procesos de cambio, que producen verdaderas transformaciones en las comunidades que asumen el compromiso de llevarlas adelante a través de la toma de conciencia colectiva de las problemáticas ambientales”. Reafirmando al mismo tiempo que “la revaloración de la cultura popular, de las identidades originarias propias de cada territorio son el sentido, el sustento, el fundamento de todo proceso educativo y de comunicación”.

Otros participantes subrayaron que “los enfoques y metodologías de educación y comunicación deben construirse a partir del diálogo de distintos saberes campesinos, pueblos originarios, técnicos, estudiantes, académicos, dialogando en la diferencia en pos de la igualdad para lograr la verdadera transformación social”. Tampoco faltó una indicación acerca de que “la revalorización de los productos locales, producidos en forma agroecológica, cuidando los recursos naturales y la salud de los pueblos, debe ser tomada como política pública”. Agregando al respecto que “la certificación de productos que permita identificarlos como agroecológicos y saludables debe hacerse de manera participativa, desde el saber del productor, de los promotores, técnicos, instituciones (hospitales, escuelas) y todos los agentes que decidan comprometerse en hacer una certificación justa y conjunta”.

El principal responsable de la organización del congreso, el comunicador Jorge Omar Cefarelli, del INTA y Accos, dijo a Página/12 que “quedó demostrado que las experiencias nos piden que, como empleados del Estado, nos sumemos para empujar todos juntos o que, por lo menos, nos corramos para que ellos sigan empujando los cambios”. Y subrayó “la necesidad de fortalecer el campo de la comunicación comunitaria cruzando las experiencias (el saber de las organizaciones) y el saber académico”.

El plenario final sirvió también para confirmar el anuncio de la realización del Congreso latinoamericano de comunicación popular que se llevará a cabo en junio del año próximo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, en la ciudad del mismo nombre.

Fuente: Página12, 5.11.14 por Washington Uranga, periodista uruguayo

La difícil tarea de informar

No es tarea fácil editar un periódico en Venezuela. Pese a que todos los estudios de opinión pública revelan que los impresos siguen gozando de credibilidad y aceptación en sus audiencias, al menos en nuestro país, llevar adelante la producción periodística y la gestión empresarial de un periódico no es un asunto sencillo.

El acceso al papel para imprimir es solo la punta del iceberg de una situación generalizada de complicaciones proveniente de un entorno que no favorece un ejercicio libre del periodismo. Y nunca está de más decirlo, solo en democracia puede existir periodismo. En la medida en que, aún con severas dificultades, se siguen editando periódicos independientes en Venezuela, en esa misma medida se mantiene un espacio democrático y plural para nuestra sociedad. Eso no podemos perderlo de vista.

Con los resultados de una breve encuesta hecha por la asociación civil Medianálisis a responsables editoriales de 19 periódicos de todo el país, se llega a esta síntesis: no es tarea fácil editar un diario en Venezuela. La consulta fue hecha en algunos casos a propietarios que manejan sus medios, o bien a jefes de redacción o información, o bien a gerentes editoriales. En todos los casos se trató de entrevistados con altas responsabilidades en la edición diaria. Hubo un punto en el que todos coincidieron: el 100 por ciento manifestó tener dificultades para producir cotidianamente su periódico. El principal problema era tener inventarios estables y garantizados de papel para imprimir, y otros insumos básicos que casi en su totalidad son importados. Este estudio puede revisarse en el sitio web www.medianalisis.org o por la cuenta en Twitter @medianalisis y por el volumen de la muestra se trata de una mirada a la problemática.

93% aseveró que sus periodistas y/o fotógrafos habían sido víctimas de agresiones y/o ataques recientemente. Es una situación muy grave que corrobora lo que ya vienen constatando entidades como el Instituto Prensa y Sociedad, IPYS, y Espacio Público, en el sentido de que se ha instalado un clima de violencia recurrente contra los profesionales de la información en Venezuela. La mitad de los consultados aseguraron haber denunciado la violencia, pero en ningún caso hubo sanción para los agresores. Este clima de impunidad desalienta a las víctimas y les transmite a los agresores la idea de que golpear, insultar o maltratar a un periodista no implicará un castigo.

Junto al número alto de hechos de violencia contra periodistas y/o fotógrafos, se suma la violencia contra las sedes e instalaciones de los periódicos venezolanos. 32% dijo haber sido víctima de algún ataque contra el medio de comunicación. El acceso a las fuentes es complicado. 79% de los editores dice que su periódico confronta problemas para que sus periodistas accedan a las fuentes, cuando son oficiales, 42% de los consultados considera que la emisión diaria de su periódico ocurre bajo un clima de “considerables restricciones” y otro 26%, con “algunas restricciones”. Sin embargo, 21% evaluó como de “completa libertad” el escenario en el que se desempeña su medio.

Fuente: El Comercio, 5.11.14 por Andrés Cañizales, periodista venezolano

El Ben Bradlee que conocimos

Hace 40 años, Ben Bradlee nos expuso su teoría general del periodismo y la vida: “La nariz hacia abajo, el culo hacia arriba y con paso firme hacia el futuro”. Entendía el pasado y su importancia, pero estaba completamente liberado de él. El pasado era historia, de la que había que aprender. Se negaba a dejarse lastrar emocionalmente por él y a desalentarse por sus altibajos. La analogía militar, que a menudo no es más que un cliché, es válida en este caso: un gran general, tranquilo en la batalla, con el amor y el afecto de sus soldados, a los que protegía con la misma furia con la que les enviaba a su misión. Él mismo se había construido un personaje original, diferente de cualquier otra persona en su redacción: diferente por su temperamento, por su actitud, incluso por su aspecto físico y su lenguaje (una mezcla de inglés tradicional anglicano y expresiones de marino). Bradlee [falleció el 21 de octubre, a los 93 años] transformó no solo The Washington Post, sino también la naturaleza y las prioridades del periodismo.

No era hombre de arrepentirse. Nunca se mostraba cínico, pero siempre era escéptico. Y el hilo conductor de su vida —increíblemente, sin caer en santurronería de ningún tipo— fue el culto a la verdad. Una de las cosas que indicaban cómo ejercía Bradlee el mando era su manera de afrontar los errores y equivocaciones, tal vez la responsabilidad más incómoda de un periodista, una verdadera prueba de fuerza, competencia y compromiso con la verdad.

Nosotros compartimos las trincheras con Bradlee durante la cobertura del caso Watergate, y en un momento dado, hace casi exactamente 42 años, cometimos un error monumental: en un reportaje de portada afirmamos que, según un testimonio prestado ante el Gran Jurado, el jefe de gabinete de Richard Nixon, Bob Haldeman, había controlado un fondo secreto utilizado para financiar la entrada de los ladrones en el hotel Watergate, además de otras actividades clandestinas e ilegales.

Para Ben, lo importante eran los hechos. ¿Qué datos había? ¿Estaban comprobados? ¿Quién tenía otra versión?

El reportaje, publicado cuatro meses después de que la Casa Blanca dijera que el allanamiento no había sido más que “un robo de tercera categoría”, suponía un gran paso a la hora de demostrar el vínculo entre los delitos cometidos en el Watergate y el Despacho Oval. Lo malo es que ese testimonio no había existido; aunque al final se vio que teníamos razón en que Haldeman controlaba ese dinero y mucho más.

“¿Qué ha pasado?”, nos preguntó Bradlee. La Casa Blanca y los partidarios del presidente estaban asaeteándonos a denuncias y refutándonos con argumentos que parecían bastante creíbles. Nosotros no sabíamos bien en qué nos habíamos equivocado aquel día de octubre de 1972 y estábamos allí, inseguros y tratando chapuceramente de salvar la cara.

“No sabéis dónde estáis”, dijo Bradlee. “No tenéis los datos. Estad callados por ahora… Vamos a ver en qué acaba esto”. De pronto, giró su silla, puso una hoja de papel en su vieja máquina de escribir y empezó a teclear. Después de empezar varias veces, redactó su declaración: “Reiteramos la veracidad de nuestro reportaje”. No mostró ningún enfado ni rencor hacia nosotros, pese a que mucho después diría que aquel había sido uno de los peores momentos de sus 23 años como director del Post.

Habíamos cometido un error estúpido, de novatos. Nuestra fuente principal, el tesorero de la campaña de Nixon, sabía que Haldeman había controlado el fondo, y había prestado testimonio ante el Gran Jurado. Pero en su comparecencia no le habían preguntado por Haldeman. Nosotros supusimos que sí y, al hacerlo, violamos una regla fundamental de Bradlee: “Nunca hay que suponer nada”. El respaldo de Bradlee en aquel momento tan humillante fue mucho más que un consuelo y un voto de confianza. Sabíamos que él estaba convencido de que íbamos en la buena dirección, pero habíamos sufrido un tropezón casi fatal. Y él fue un salvavidas de tranquilidad.

Para Ben, lo importante eran los hechos. ¿Qué datos había? ¿Estaban comprobados? ¿Quién tenía otra versión? Uno no podía considerarse reportero hasta haber tenido que pasar por un interrogatorio de Bradlee. Durante aquel vergonzoso episodio, hubo un momento en el que estábamos resumiéndole lo que nos había dicho una de nuestras fuentes. “No”, insistió Ben. “Quiero oír exactamente lo que le preguntasteis y cuál fue su respuesta exacta”.

Cuando desentrañamos por fin nuestro error sobre Haldeman, unos días después —y pudimos obtener más pruebas de su control del fondo secreto—, Ben ya estaba en otra cosa. Su pregunta era: “¿Qué tenéis para mañana?”. En otras palabras, siempre hacia delante. La nariz hacia abajo, el culo hacia arriba. ¿Cómo pensábamos seguir explicando a los lectores —y a él— lo que estaba ocurriendo, y por qué?

Cuando el director Alan Pakula empezó a buscar a un actor para encarnar a Bradlee en la versión cinematográfica de Todos los hombres del presidente, Jason Robards Jr. pareció un candidato natural. Pakula nos contó después que Robards se había mostrado entusiasmado, se había llevado el guion a casa para leerlo y había vuelto perplejo:

“No puedo hacer de Ben Bradlee”, dijo Robards.

“¿Por qué?”, preguntó Pakula.

“No hace más que ir de un lado a otro y preguntar a los reporteros: ‘¿Dónde está la maldita historia?”.

“Eso es lo que hace el director de The Washington Post”, explicó Pakula. “Es su trabajo. Lo único que tienes que hacer es encontrar 15 formas distintas de decir ‘¡Dónde está la maldita historia!”.

“¡Ah!”, respondió Robards. Aceptó el papel, lo interpretó como si hubiera vivido en la piel de Bradlee toda su vida y ganó el Oscar al mejor actor de reparto. Cuando Ben se enteró de esta anécdota, se rio a carcajadas. Sí, dijo, su papel era ser el motivador jefe. Pero su trabajo consistía en algo más, añadió con ironía.

Bradlee tenía una inquietud peculiar, un rasgo que estaba presente ya en su juventud. A finales de los años treinta formó parte del famoso Estudio Grant sobre alumnos de primer curso en Harvard. Varios sociólogos y psicólogos entrevistaron y observaron a los 268 sujetos del estudio durante toda su vida. Uno de los primeros investigadores habló de su “inquietud” y añadió: “Hay ocasiones en las que bebe demasiado alcohol, pero eso no basta para satisfacerle”.

En cierto sentido, nada le satisfacía por completo. Siempre exigía más a todos, empezando por sí mismo. Desde que tomó posesión como director del periódico en los años sesenta, se acostumbró a recorrer la redacción de la quinta planta, en busca de actividad, o una información jugosa, o el último cotilleo. Cuando se detenía a hablar con los redactores, todos solían parar lo que estuvieran haciendo, y desde un centenar de mesas le miraban tratando de interpretar las señales. Si había dos o tres periodistas hablando en grupo, él se acercaba. A lo mejor tenían alguna historia, y quería saberlo.

Sed agresivos, insistía. “Me gustan los periodistas que presionan”, nos dijo en una entrevista grabada en 1973 para el libro que estábamos escribiendo sobre el Watergate, que acabaría siendo Todos los hombres del presidente. “Eso me permite sentirme más cómodo, en especial por el hecho de ser un director que presiona”.

Cuando estábamos investigando el papel de Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional de Nixon, a la hora de seleccionar a 17 asesores de la Casa Blanca y periodistas a los que querían poner escuchas para encontrar la fuente de las filtraciones de noticias, informamos a Kissinger de que íbamos a citar en el periódico los comentarios que nos había hecho. “¡¿Qué?!”, estalló. Esas no eran las normas que había seguido con otros reporteros. Fue elevando la voz. “No tengo por qué someterme a un interrogatorio de la policía sobre esto”.

Nos convocaron a una reunión con varios responsables del periódico en la oficina del número dos de Bradlee, Howard Simons. Bradlee, que no estaba presente, llamó por teléfono para contarnos las novedades, en un fuerte acento alemán que pretendía imitar a Kissinger. “Acaba de llamarme Henry. Está furioso. Vosotros decidís. Yo hago de periodista y os leo lo que dijo Henry y vosotros lo utilizáis si creéis que va a ser útil”.

Con la discusión que se suscitó, el reportaje quedó aplazado y se nos adelantó Seymour Hersh, de The New York Times, pero las palabras de Kissinger se publicaron poco después en el periódico. A Bradlee le encantó que apareciera la firma de Hersh en varios reportajes cruciales del Times sobre el Watergate. “Ya no éramos los únicos que controlábamos”, nos dijo unos meses después. “Fue un momento feliz”.

A Bradlee no le importaba nada emplear medidas melodramáticas para proteger a sus redactores. Cuando el comité para la reelección de Nixon reclamó por vía judicial nuestras notas y las de otros redactores del Post sobre el Watergate, como parte de una demanda civil, Bradlee y la editora del periódico, Katharine Graham, decidieron declarar que la propietaria legal de todos los documentos era ella, no sus periodistas, y que cualquier acción judicial debería ir dirigida a su persona.

“Si el juez quiere enviar a alguien a la cárcel, tendrá que enviar a la señora Graham”, nos dijo Bradlee, con visible regocijo. “¡Y la señora dice que está dispuesta a ir! Así que allá el juez con su conciencia. ¿Os imagináis las fotos de su limusina llegando al Centro de Detención de Mujeres, y a nuestra chica que sale y entra en prisión por defender la Primera Enmienda? Esa imagen se publicaría en todos los periódicos del mundo”.

Hasta que entrevistamos a Bradlee en el verano de 1973, justo mientras se retransmitían por televisión a todo el país las sesiones del Senado sobre el Watergate, no fuimos plenamente conscientes de la inmensidad y el tipo de presiones que habían sufrido él y la señora Graham y hasta qué punto nos había protegido. Ni siquiera le había contado a Howard Simons que había habido varios intentos de obligar al Post a reducir sus informaciones sobre el tema. “Estaba empezando a comprender que lo que estaba en juego eran mis huevos”, dijo. Recibía llamadas de otros directores de periódicos —colegas a los que respetaba enormemente— que le decían que el Post se había “vuelto loco”. A Katharine Graham la bombardeaban desde la Administración, sus amigos más queridos, como los influyentes columnistas Joseph Alsop y James Reston, y el consejo de administración.

“Llegó un momento en el que Katharine dijo que teníamos que hablar, porque la situación era muy grave”, contó Bradlee. “Le estaban haciendo la vida imposible amigos como Alsop y Reston, que le decían que el Post estaba cometiendo una temeridad y casi acosando al Gobierno, y preguntándose por qué no lo estaba haciendo ningún otro periódico. Ella venía a contarme todo eso. Y yo repasaba el periódico y le aseguraba” que las informaciones estaban contrastadas.

“En un par de ocasiones se preocupó”, continuó Bradlee. “Para qué nos vamos a engañar. Iba a Wall Street y varios amigos suyos le decían que [los hombres de Nixon] estaban verdaderamente deseosos de acabar con el Post, que la estaban siguiendo y pinchando sus teléfonos, y siguiéndome a mí y pinchando mis teléfonos, y que no se andaban con tonterías. Y entonces ella venía y me lo contaba”.
Entre otras cosas, expresaba su preocupación por que los agentes de Nixon filtraran informaciones —ciertas o no— sobre la vida personal de cualquiera de los dos, nos dijo Bradlee. (En ningún momento de las investigaciones del Watergate apareció ninguna prueba de que hubieran seguido o pinchado a Graham, Bradlee ni nadie más del Post).

Un momento crucial, nos contó, fue la publicación de un reportaje en septiembre de 1972, tres meses después del robo, cuando John N. Mitchell, antiguo jefe de campaña y ministro de Justicia de Nixon, nos dijo en una conversación telefónica que iba a “retorcer las tetas a Katie Graham” si se publicaba una historia que le involucrase. Y añadió que en un futuro próximo iban “a publicar una historia sobre todos ustedes”. “No voy a dar detalles”, continuó, pero había “presiones, presiones… Cada día más…”.

“Era evidente que lo que teníamos en las manos era una bomba, ¿no? Pero todavía no tenía claro si la bomba podía destruirnos a nosotros, al presidente o a ninguno”. Añadió: “Cada vez que empezabais a meteros en otra información de la policía, surgía alguna otra cosa, y la mirada de incredulidad que teníais los dos la recordaré hasta que me muera”. Como director, él era quien tomaba las decisiones definitivas sobre publicar o no docenas de informaciones que podían revelar delicados secretos de seguridad nacional.

Durante el primer mes de la presidencia de Jimmy Carter, en 1977, el presidente convocó a Bradlee al saber que el Post se disponía a publicar una información de que el rey Husein de Jordania cobraba un sueldo de la CIA. Carter confirmó que era verdad, pero pidió personalmente a Bradlee que no publicara la noticia. Cuando el presidente reconoció que no suponía ningún peligro para la seguridad nacional, Bradlee tomó la decisión de publicarla, lo cual enfureció a Carter.

Bradlee tendía a desconfiar cuando alguien —sobre todo los presidentes— decía que no debíamos publicar alguna información por motivos de seguridad nacional, y sus sospechas se veían confirmadas una y otra vez por argumentos espurios, como en el caso de los papeles del Pentágono. Ahora bien, no siempre era así.

En 1988, un modesto analista de los servicios de espionaje de EE UU acudió al Post con informaciones sobre programas de máximo secreto. Occidente no había ganado aún la guerra fría. Como escribió Bradlee en 1995 en sus memorias, Una buena vida, el analista llevaba “detalles sobre tres operaciones relacionadas con sistemas que permitían a los soviéticos controlar distintas unidades en sus fuerzas nucleares y que describían cómo EE UU había conseguido penetrar esos sistemas en tiempo real”.

Bradlee se reunió con el analista y llegó a la conclusión de que dar a conocer la información “pondría en peligro la seguridad del país”. Se negó a publicarla, pero le preocupó —no por espíritu competitivo, sino por la seguridad— que el analista llevara los datos a otros medios. Ben era un patriota de la vieja escuela, que había vivido intensamente sus tres años a bordo del destructor USS Philip, en el Pacífico, durante la II Guerra Mundial. Para neutralizarlo,Bradlee habló con el director de la CIA, William Webster, de cómo disuadir a aquel hombre: que la CIA le ofreciera un ascenso y le advirtiera de que podía acabar en prisión si revelaba los programas. Parece que el analista nunca mostró la información a ningún otro periodista.

Ben Bradlee era la esencia del periodismo. En 2008 volvió a mantener una conversación grabada con nosotros sobre el Watergate, su vida y The Washington Post. En ella reflexionó sobre las convulsiones que habían supuesto para los medios de comunicación, por ejemplo, el declive económico del sector de la prensa escrita, el ascenso de Internet y —algo que le preocupaba especialmente— la impaciencia y velocidad del tráfico de noticias.

Dijo que ya estaba bien de lamentarse por la posible desaparición de los periódicos. “Me horroriza. No puedo imaginar un mundo sin periódicos. No soy capaz”.

Cuando escribimos Todos los hombres del presidente teníamos 30 años, y decir que éramos unos jóvenes impresionables es poco. Sin embargo, a medida que los años de relación se convirtieron en decenios, y la amistad y el vínculo forjados por una experiencia común y extraordinaria se volvieron indestructibles, nosotros seguimos sintiéndonos tan asombrados e impresionados por su sabiduría y la inimitable verdad de su ejemplo, y tan incrédulos ante la pura alegría y la determinación con las que parecía vivir a diario su vida como desde el primer momento de conocerle. Durante 40 años tuvimos muchas ocasiones de comprobar que lo que observamos al principio era genuino.

“¿Cómo te gustaría que te recordaran?”, le preguntó Sally, su mujer durante 36 años, en una entrevista que le hizo para el Post en 2012. Su respuesta le define: “Como alguien que dejó un legado de honradez y vivió su vida lo más cerca que pudo de la verdad”.

Fuente: El País, 2.11.14 por Bob Woodward y Carl Bernstein son coautores de dos libros sobre el Watergate, Todos los hombres del presidente y Los días finales

Periodismo y estigmatización

El sábado 25 de octubre se llevó a cabo en Bogotá un simposio titulado “El estigma en salud mental y los medios de comunicación”, auspiciado por The Carter Center, la Universidad de la Sabana y la Asociación Colombiana de Bipolares.

 Médicos y expertos en el tema disertaron sobre la necesidad de “garantizar el respeto por la dignidad de las personas con trastornos mentales” y de desterrar del lenguaje del periodismo generalizaciones que nacen de la ignorancia y que se traducen en calificativos y expresiones que inducen a la discriminación.

  El lunes 27 el diario El Tiempo, que precisamente el sábado había publicado un editorial sobre la salud mental en Colombia, sacó un recuadro que dice: “Detrás de los asesinos solitarios suele haber individuos con graves trastornos mentales como esquizofrenia y bipolaridad”. Unos días antes, en el mismo diario se reproducía una opinión según la cual entre los jóvenes yihadistas europeos predominan “los depresivos”. Dos muestras perfectas de lo que en el simposio se pidió desterrar: generalizaciones sin sustentación que contribuyen a reafirmar el estigma social que persigue a las personas que padecen algún mal mental.

 Es posible que entre los jóvenes yihadistas haya alguno con síntomas de depresión. Pero eso no quiere decir que los 350 millones de personas que la sufren sean propensos a las acciones violentas ni a optar por el camino de lo subversivo. Y se puede dar que una persona en un estado maníaco agudo, presa de delirio, por ejemplo, cometa homicidio. Pero el porcentaje de estas acciones es tan bajo que precisamente por eso se constituyen en noticia. Me atrevería a pensar que la enorme mayoría de los autores de masacres infames, de feminicidas por celos, de delincuentes que matan por robar un celular, son “normales”. Una palabra siempre sospechosa. De otro modo, nuestros hospitales mentales estarían llenos. La violencia de la persona con bipolaridad o esquizofrenia, cuando la hay, suele ser más bien contra sí mismo, pues deseando que su dolor cese recurre al suicidio. Y hay cientos de personas con esos males que llevan vidas pacíficas, incluso funcionales, que les permiten sostenerse en su trabajo y tener relaciones de pareja. Si examinamos las biografías de los numerosos artistas afectados por la enfermedad mental —Van Gogh, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Robert Walser—, podemos ver que en medio de su profunda desdicha fueron altamente creativos, llegando algunos a tener matrimonios, hijos, poderosas amistades. Un caso reciente es el de Catherine Zeta-Jones, quien confesó abiertamente que padece bipolaridad y, sin embargo, después de sus crisis regresa a la actuación.

Algunos periodistas lo que hacen es reproducir los prejuicios del común de la gente. Recordemos que un enfermo es mucho más que la enfermedad, y que la estigmatización lo induce al ocultamiento, afecta su autoestima y reduce sus posibilidades vitales. Yo sueño que así como se está ganando la batalla contra la estigmatización de los homosexuales, después de años de represión y descrédito, haya un día en que las personas con enfermedad mental puedan confesarla, y en vez de rechazo reciban respeto y oportunidades de vida.

Fuente: El Espectador, 2.11.14 por Piedad Bonett, poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria colombiana.

Crímenes contra periodistas

En México, donde la prensa vive bajo permanente ataque desde que en 2000 el entonces presidente Felipe Calderón, del derechista PAN, declaró la guerra contra el narcotráfico, ninguna acción gubernamental ha rendido frutos.

La lucha global contra la impunidad ante los asesinatos de periodistas “está en una encrucijada importante, donde los modestos avances en el mundo     podrían derivar en complacencia”, advierte el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) en un informe especial presentado en vísperas de la conmemoración del Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad por los Crímenes contra los Periodistas, el domingo 2 de noviembre.

Para el CPJ, la falta de justicia en cientos de asesinatos de periodistas en todo el mundo es una de las mayores amenazas a la libertad de prensa en la actualidad, y pese a tener mayor atención internacional, existe poco progreso en la reducción de los elevados índices de impunidad, lo que obliga a los Estados a demostrar mayor voluntad política para cumplir compromisos internacionales para frenar la violencia que los periodistas enfrentan con regularidad.

 “El asesinato de un periodista no solamente termina con una historia inconclusa, sino que fomenta un clima de intimidación. Si nadie recibe el castigo de la justicia, los asesinos se animan y la violencia se repite. A los periodistas únicamente les queda la opción de autocensurare o incluso marchar al exilio”, señala el CPJ, al recordar que “los atentados contra la prensa han impedido que el mundo comprenda en su totalidad la violencia del conflicto en Siria, el narcotráfico en México, la influencia de los radicales islamistas en Pakistán y la corrupción en Rusia”.

El informe incluye a tres países de América latina, que destaca a México en el séptimo lugar del índice de Impunidad del CPJ, Colombia en el octavo y Brasil en el undécimo. El índice es encabezado por Irak, Somalia, Filipinas, Sri Lanka, Siria y Afganistán. Ahí también están Pakistán (9), Rusia (10), Nigeria (12) e India (13). El CPJ registra por lo menos 370 periodistas asesinados por ejercer la profesión desde principios de 2004 hasta finales de 2013.

En el caso latinoamericano, el informe del CPJ destaca la ineficacia de los ordenamientos legales aprobados en los últimos años en estos países, si bien reconoce que significaron avances. Es el caso de Colombia, que creó una unidad especial de la Fiscalía General para investigar estos crímenes, aunque esto “no ha llevado a procesamientos más efectivos o eficientes”. En Brasil, donde el CPJ ha registrado 27 periodistas asesinados desde 1992 (diez de ellos durante la presidencia de Dilma Rousseff), un grupo de trabajo local, creado a instancias del gobierno recién reelecto, contabilizó 321 casos de asesinato, secuestro, agresión, amenazas de muerte, detención arbitraria y acoso entre 2009 y 2014. Tanto Brasil como Colombia registran algunas condenas contra autores de asesinatos de periodistas, pero resultan insuficientes, dice el CPJ.

   Sobre México, donde la prensa vive bajo permanente ataque desde que en 2000 el entonces presidente Felipe Calderón, del derechista PAN, declaró la guerra contra el narcotráfico, ninguna acción gubernamental ha rendido frutos. Aun peor, pese a la federalización de los delitos contra la prensa, lo que impera es una aparente disputa entre los gobiernos estatales y la administración del actual presidente, el priísta Enrique Peña Nieto. El CPJ ejemplifica esto con el caso de Veracruz, donde se registra el mayor número de asesinatos de periodistas, todos ellos en la impunidad: la fiscal especial de la Procuraduría General de la República se quejó ante el CPJ por las “dificultades” para obtener información. “Lo que creo es que ellos están cuidando la imagen política”, afirmó Borbolla. “Esto indudablemente perjudica una investigación o la coordinación.”

   Fuente: Página 12, 1.11.14 por Gerardo Albarrán, periodista mexicano

Una misma televisión

Estos días están marcados por la indignación dolorosa ante el asesinato y desaparición de los estudiantes normalistas mexicanos, que hace gritar a la región una y otra vez más la aparición con vida. Con vida se los llevaron, con vida los queremos.

También en estos días en Argentina protestamos contra la violencia institucional y caminamos con la Marcha de la Gorra: nunca más un pibe muerto en manos de la policía.

Mientras se desarrolla un congreso internacional sobre juventud en La Plata, las comparaciones sobre el estatuto de las juventudes en los diferentes países son las que mueven a debates que permiten tener visiones complejas sobre un mapa que no puede leerse con idénticos signos.

 Luego de dar un panorama nefasto sobre la situación de su país, el antropólogo mexicano José Manuel Valenzuela Arce pregunta a los argentinos acerca de “la magia entre el kirchnerismo y los jóvenes”. Las respuestas posibles son tantas que habilitan hasta la crisis de la pregunta (¿sólo apelando a la magia podrán algunos explicarse una juventud politizada por convicciones?).

Pero lo más importante son las diferencias de las miradas, situadas en lugares del mundo comunes, a la vez tan próximos y tan distantes. Una en Argentina, que afirma la recuperación de la política y los derechos para los jóvenes. Otra, en el México que denuncia juvenicidios luego de ser uno de los primeros países que incorporó la figura del femicidio para señalar un crimen del que sólo se hablaba con la categoría de muerte (“las muertas de Juárez”, como si las hubieran matado la lluvia o los vientos). Un México que se dice ya tiene más de 150 mil asesinados desde el 2006. Que en estos días vivió la brutal masacre en Guerrero de los estudiantes que estaban tratando de movilizarse para recordar los asesinatos de otros jóvenes, los de Tlatelolco. La matanza que en 1968 Jacobo Zabludosky de Televisa ignoró anunciando como principal noticia que “había sido un día soleado”.

 Dos realidades distintas las de México y Argentina, sin lugar a dudas.

En México, un Estado que en décadas y décadas no para de aumentar su faz represiva y no deja de reprimir sus posibilidades democráticas. En Argentina, un Estado que se presenta como garante de la capacidad de expandir y universalizar derechos humanos (lo que no implica negar la persistencia en su seno de fuerzas siniestras que atentan contra los derechos humanos mismos: sólo con mencionar a Luciano Arruga esto queda claro).

 Pero en los dos países, con sus diferencias de listados infinitos, existe una misma televisión. Independientemente de los marcos legislativos vigentes en cada lugar (la modificación de la ley en México se basó en la ampliación del poder de los grandes grupos, Televisa y Azteca), los dos países tienen en común una lengua del espectáculo y la crueldad. Y esto lo hacen desde tres lugares:

 1. La pedagogía de la crueldad

 Los públicos no nacen, sino que se hacen. Los medios participan de esa hechura. Podrían hacerlo de múltiples maneras, pero especialmente la televisión hegemónica lo hace enseñando a mirar con crueldad el cuerpo de los otros: de las mujeres, de los jóvenes, de los pobres.

 Para eso utilizan dos mecanismos básicos que ya no son sólo los del ocultamiento de la información, sino los de la banalización y mercantilización del dolor de los demás.

Es una pedagogía porque al público se le está enseñando a ser cruel y a ser indiferente. Con la repetición al infinito de lo que llaman casos; con la serialización casi industrial de las muertes; con la absoluta banalización de lo profundo y la profundización de lo banal (da lo mismo hablar de sida que de chismes, o el sida se transforma en un chisme) es que el público va aprendiendo a mirar lo que es posible de ser visto/no visto.

El ojo que ve no lo hace solamente desde una biología. Ve también desde una cultura y un tiempo que va incorporando. Que lo habilita a ver de un cierto modo. Si esa cultura está marcada por la crueldad y el desprecio sobre los otros, entonces aprenderá a ver a los otros como objetos de descarte.

Los medios, sus operadores, van enseñando entonces a aceptar lo que podría ser inaceptable: que a los pibes pobres se los mate en la calle; que sus vidas no valgan ni siquiera la pena de ser lloradas; que los cuerpos de las mujeres sean exclusivamente para el goce masculino; que hay que cerrar la puerta al extraño.

Los públicos terminan creyendo que están viendo la sociedad tal cual es, cuando lo que están viendo es aquello que desde la lente de los dueños (en su más poderoso sentido) se les ha enseñado a ver.

2. La imposición del espectáculo

Es la lógica del espectáculo la que domina la comunicación. “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada a través de imágenes”, escribió Guy Debord. En esa relación se confisca la experiencia de lo real para las mayorías. O al menos se intenta.

 La televisión tan atroz trata de tener el monopolio de la visualidad legítima. Tanto en México como en Argentina todos los días los conductores “populares” se burlan de lo popular. Lo subalterno para ellos puede ser tema, objeto, estética y hasta pueden jugar a ser ellos mismos lo popular. Lo único que no puede pasar es que lo popular sea sujeto de poder. Se veda su capacidad de intervención: se trata sólo de mirar desde afuera.

3. La gestión del miedo

Finalmente, en ambos países la televisión aparece como maquinaria privilegiada de construcción y gestión del miedo, poniendo a unos como los principales responsables del mal vivir de la sociedad.

El miedo no es natural. Siempre es histórico y cultural.

En la actualidad es la televisión la que gestiona el miedo de las sociedades. Son los famosos del espectáculo los que dicen “la sociedad tiene miedo”. Es la producción serial de noticias repetidas las que dicen hay miedo (y ocultan al mismo tiempo datos comparados, complejos; fuentes; análisis de soluciones posibles que no impliquen sólo más policía corporativa y manchada ya hace tiempo de la sangre de los sectores populares).

 Y esto no quiere decir que no hay nada a qué temer, sino simplemente que son los medios los que dicen a qué y a quiénes hay que temer. En la televisión de nuestros países, más allá de todas las diferencias, queda muy claro a quiénes se supone que hay que temerles: a los pibes pobres; a las mujeres no domesticadas; a los que son Otros para una racionalidad blanca dominante. Así lo anuncian hora a hora los conductores del entretenimiento.

¿Podrán devorarnos otra vez?

 Fuente: página12, 1.11.14 por Florencia Saintout, decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP