Porno: el régimen visual del capitalismo maduro

por Daniel Mundo

El porno es la esencia de la comunicación en el capitalismo tardío. El tabú más comentado, del que se habla a cualquier hora aunque nadie confiesa sus rituales. A esta altura del siglo resulta un lugar común plantear que el mito de la sociedad de la comunicación se funda sobre un concepto de comunicación que sólo podría realizarse entre máquinas, pues sólo ellas logran neutralizar cualquier afecto: un emisor impoluto, un receptor que decodifica y procesa, un canal neutro (llámese periódico, teléfono, TV o iPad), un código universal, híper claro e imposible de no entender. Porque no hay nada para entender; todo es para ver. El porno (no la pornografía, sino su encarnación virtual contemporánea) es la esencia auténtica de esta comunicación ideal.

El tan denostado modelo cibernético de la comunicación sigue infectando al sentido común: hay comunicación cuando los individuos intercambian sus opiniones, siempre verídicas, no intentan engañar a nadie, aunque discrepen entre sí: el objetivo consiste en conseguir el consenso y reafirmar los sentidos compartidos: la cara feliz de ella mirando a la cámara mientras él eyacula en su boca. Transparencia y franqueza, ¿cómo se consiguen? Por medio de la objetividad, suspendiendo el interés propio por el bien común (Sade recomendaba la apatía como el estado anímico conveniente para una orgía). La mentira es un error, que la claridad de la verdad despejará tarde o temprano. Esta es la lógica que estructura la comunicación mediática. La mentira es intolerable, habría que impedirla o reducirla a su mínima expresión (mito semejante al del político incorruptible). La lógica dicotómica de la mentira vs. la verdad: o la tiene parada o no se le para.

Esto no significa que todos los políticos sean corruptos y que la experiencia auténtica de la comunicación se parezca a un mundo de malentendidos. Así como en la política no debiera interferir la moral, en el porno habría que diferenciar la dimensión estética del texto de su dimensión lógica. La estética porno, más allá de los maquillajes y elongaciones del caso, se basa en la mostración del sexo desnudo. Es tan potente esta mostración que definimos al género únicamente por ella: si no hay sexo explícito, no hay porno. La lógica, en cambio, se relaciona con la manera de mostrar la imagen, con su percepción y no con el contenido ni con lo percibido. A la preponderancia de éstos sobre aquéllos, W. Benjamin la denominó alienación perceptual.

Voy a poner un ejemplo. La famosa fórmula que McLuhan tomó de los cubistas y utilizó para definir a todos los medios de comunicación: “El medio es el mensaje”, en ningún caso se cumple con más éxito que en el género porno. Hasta estoy tentado de plantear que el porno encarna la lógica y la estética del medio audiovisual mismo: sustracción de la mayor cantidad de discurso verbal posible (en la virtualidad la cámara no sólo se volvió subjetiva, sino en gran medida la interpelada directa de las actrices y actores, el sujeto de la acción) y presentación de la imagen sin ningún velo, como si en alguna medida el espectador estuviera involucrado en la escena. Lo está de muchas maneras.

Ningún otro género tanto como el porno reduce el mensaje de su texto hasta tal punto que roza el grado cero de significación, la materialidad misma del medio. Entre el medio y el mensaje se anularían las mediaciones y terminarían fundiéndose uno en el otro: transparencia y sinsentido. La trascendencia está vacía; la inmanencia, saturada.

Fuente: Página12, 17.7.13 por Daniel Mundo, argentino, docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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