Periodismo de investigación

El periodista Philip Shenon recibió una llamada telefónica en la oficina de Washington de The New York Times en la primavera del 2008. Al otro lado de la línea hablaba un destacado abogado que, casi cincuenta años atrás, había formado parte de la Comisión Warren que examinó las pruebas del asesinato del presidente John F. Kennedy y que, en esta ocasión, le hacía a Shenon una solicitud inusual: dado el éxito de su reciente libro sobre los interiores del equipo gubernamental que repasó los ataques terroristas del 9 de septiembre del 2001, el interlocutor lo persuadía para que realizara un examen similar con la Comisión Warren, y, así, reescribir la historia.

A fines del 2013, coincidiendo con el cincuenta aniversario del magnicidio, apareció el libro de Shenon, traducido en español como JFK: caso abierto. La historia secreta del asesinato de Kennedy (Nueva York, Vintage, 2013). Lo que cuentan más de 700 páginas es muy interesante por las repercusiones planetarias de ese crimen y el del policía J. D. Tippit; por los intrincados caminos que culminaron con los disparos de Lee H. Oswald, el francotirador que ocasionó heridas mortales al jefe de Estado y lesiones gravísimas al gobernador de Texas que lo acompañaba en la caravana; y por la incapacidad (¿o negativa?) de los mecanismos de justicia para establecer conclusiones convincentes.

Hasta hoy la serie de elementos extraños de aquel acontecimiento que pudo poner al mundo al borde de una guerra nuclear no ha sido esclarecida. ¿Se trató de un solo tirador? ¿Cuántos disparos hubo? ¿Por qué la CIA y el FBI ocultaron datos que al Servicio Secreto le hubieran servido para vigilar a Oswald en Dallas? ¿Fue un asesinato cometido por un filocomunista delirante o fue una conspiración que involucraba confusamente a gobiernos extranjeros y mafias? ¿La muerte de Oswald, dos días después de la de Kennedy, fue planeada? Una conclusión que da escalofríos es que, de haberse seguido debidamente las pistas, hubiera sido posible impedir el crimen.

Otra lección es que, cada vez que hay necesidad de adular y proteger al poder político, los responsables de los organismos encargados de sancionar la verdad están entrenados más bien para mentir con descaro, incluso bajo juramento: el Servicio Secreto, la Policía de Dallas, el FBI y la CIA ocultaron información y distorsionaron sistemática y profesionalmente los hechos en torno al asesinato del presidente. Los descubrimientos de Shenon muestran que, medio siglo después, las mentiras solo han sido parcialmente demolidas, ya que las motivaciones últimas siguen ocultas en los sórdidos sótanos del poder.

Es repugnante saber cómo aquellas agencias destinadas a dotar de credibilidad a un país son instrumentos de los políticos que se arrogan el derecho exclusivo de señalar la verdad. Philip Shenon comprueba que el periodismo investigativo hilvana un relato más certero y más duradero que el de la versión oficial. El periodismo debe disputar la perspectiva sobre la verdad que el Estado quiere imponer con el silenciamiento, la amenaza, el miedo y con leyes punitivas que corrompen toda racionalidad de convivencia democrática. Los periodistas de investigación conocen que, con frecuencia, los voceros de los poderes estatales mienten por cada diente.

Fuente: El Universo, 3,1.14 por Fernando Balseca, periodista ecuatoriano

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