La tecnología incomunicante

La comunicación para el ser humano es algo tan básico como el ejercicio de respirar. Es un proceso inherente a la formación de una comunidad, nos constituye como sujetos.

El término comunicar aparece a mitad del siglo XIV y su sentido básico es “participar en”, noción que fue azotada por un torbellino tecnológico. La idea de participación o de poner cosas en común con el correr del tiempo fue mutando hasta casi confundirse con la noción de “transmisión”. Hoy se interpreta la comunicación como intercambio de mensajes que se pueda alcanzar a través de las redes sociales, SMS o chat.

Si bien las nuevas tecnologías permitieron acortar distancias y hasta fueron factores fundamentales en los sucesos de la historia moderna, como las rebeliones que se desarrollaron en Medio Oriente, en donde los smartphones y las redes sociales funcionaron como instrumentos para quebrantar la censura informativa y denunciar a los gobiernos dictatoriales, el amplio abanico de posibilidades que nos brindan los dispositivos más tecnológicos nos hace creer que, por momentos, estamos sobrecomunicados, cuando en realidad sólo interactuamos a través de un móvil.

El detrimento en el sentido de la comunicación, que se da sobre todo en los jóvenes que nacieron y se criaron bajo estos nuevos aparatos de la tecnología, ha llevado a la pérdida de la esencia de una mesa familiar o una reunión con amigos. Varios de los presentes le ponen más atención al celular, pendientes de algún mensaje o llamada, que al resto de las personas, perdiendo la noción de que la verdadera comunicación está frente a sus narices y son ellos los que no la están ejerciendo, siendo esclavos de sus aparatos. Es la tecnología quien nos dice qué hacer, cómo hacerlo y para qué.

Lo natural, hasta no hace mucho tiempo, era encontrarnos con amigos a celebrar algún acontecimiento o simplemente dirigirnos a la plaza del barrio a conversar, entre risas y con algún mate de por medio. En ese lugar y en ese instante es donde se produce la verdadera comunicación, porque ya no participamos sólo con palabras, también lo hacemos a través de los gestos, las miradas e incluso con nuestros silencios. En ese instante se produce la unión de las personas, que es otro factor determinante para la comunicación.

Ahora, sólo esperamos que algún “amigo” le dé me gusta a una publicación en Facebook, como si fuese un factor determinante para saber que existo. Hacemos todo para conseguir ese pulgar arriba, estamos obligados a agradar y, lo que es peor, en un mundo virtual.

Este proceso de “pérdida comunicacional” puede encontrar su origen en los años ’50, con la llegada de la televisión a los hogares. El artefacto, ultranovedoso para la época, y sus contenidos comenzaron a acaparar cada vez más tiempo de nuestras vidas. Hasta el año 2010, según un estudio realizado en los Estados Unidos (el país que más horas de TV consume al año), sus habitantes pasaban algo más de seis horas por día frente al televisor. Suponiendo que se emplean ocho horas para dormir, ocho para trabajar y ocho para el ocio, sólo aprovechaban dos horas de sus días para el resto de las actividades. Esta cifra ha comenzado a mermar en el último tiempo, desviándose a los celulares de última generación, que en la práctica es casi lo mismo.

La creciente demanda de estas tecnologías a un costo accesible para la gran mayoría y el sumiso acostumbramiento de la sociedad a un régimen capitalista que nos dice cuándo hay que cambiar nuestros equipos han generado un enorme consumo, en algunos casos excesivo, que influye en la comunicación interpersonal de manera negativa, haciéndola cada vez más precaria.

La sociedad ha dejado de “participar en” para “transmitir a”, lo que culmina en un enorme grado de individualismo en las comunidades. Poco a poco parece que dejamos de convivir, para sólo cohabitar en el mismo espacio.

No existe nada en la vida del hombre que no implique participación; la manera como nos relacionamos mediante la comunicación determina qué tipo de sociedad tendremos a futuro.

¿Esto implicaría un nuevo modelo de comunicación, que no sea excluyente, o luchar para recuperar el sentido de la palabra y de la comunicación?

Aquí es donde la sociedad tiene que dejar de lado el individualismo y retomar las acciones conjuntas; un proceso que, sin comunicación verdadera, es imposible de llevar a la praxis. Debemos recordar que no sólo por leer y escribir nos estamos comunicando.

Fuente: Página12, 26.2.14 por Esteban Viu, periodista argentino

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