El ‘Libro de estilo’ de El País se adapta al futuro

El País ajusta al entorno digital las normas éticas y estéticas del periodismo. Regula el ‘derecho al olvido’ y la cámara oculta.

El Libro de estilo de El País cobra nueva vida. Desde la publicación de su última gran revisión en 2004 (reeditada en 2008 sin apenas cambios), la cabecera que nació hace 38 años se ha convertido en un soporte multimedia. A través de nuevas tecnologías canaliza la información mediante ciberpáginas, redes sociales, aplicaciones para móviles… El papel ha dejado de ser el único soporte y la información escrita ahora convive con otros formatos, como el vídeo y el audio.

 El nuevo Libro de estilo de El País (editado por Aguilar) supone una revisión integral del texto vigente hasta ahora para adaptarlo a las profundas transformaciones que ha experimentado el trabajo del periodista en los últimos años, según explica Álex Grijelmo, que ha coordinado esta edición. A estos cambios se añaden los registrados por la Academia y por el uso de los hablantes del español: neologismos, ortografía, topónimos nuevos o renovados, gentilicios, transliteraciones, femeninos y masculinos, abreviaturas, denominaciones científicas, lenguajes informáticos, siglas…

 “Se hacía necesaria una revisión total de estas normas que El País se da a sí mismo y que ofrece a los lectores como contrato ético y estético. Hemos recogido el sentir de los lectores, expresado en miles de cartas al director, que nos reclaman escribir bien en español”, comenta Grijelmo. Este código mantiene su elevada autoexigencia en cuanto a rigor informativo, verificación de los datos, contraste de las noticias, la consulta a la persona perjudicada por una información, la exposición de posturas divergentes, el respeto al honor, la intimidad y la propia imagen, la pluralidad de opiniones, el uso correcto del idioma, la coherencia en el léxico y la rectificación de errores.

 El manual recoge los principios éticos de los periodistas, las normas de escritura, la tipografía y los géneros periodísticos. En este apartado se especifica que la presencia del periodista debe ser ínfima en la noticia, pero va aumentando en la crónica, el reportaje, el análisis, la crítica… hasta llegar al grado máximo de subjetividad en el artículo de opinión o el editorial. “En cada uno de esos pasos se establecen unos límites que el lector puede conocer gracias a esta pequeña Constitución del periódico”, explica Grijelmo.

El nuevo mundo que se abre en Internet ha planteado también nuevas cuestiones éticas. Así, por ejemplo, el Libro de estilo recoge el llamado derecho al olvido. Ahora toda información es recuperable en Internet, y eso puede perjudicar de por vida a personas que cometieron algún desliz de juventud, alguna imprudencia de tráfico, algún delito menor… y pueden pagar por ello mucho tiempo después de haber cumplido condena y con mayor coste que la multa impuesta en su momento.

 A ese respecto, el manual de El País intenta congeniar el derecho a la información y a la documentación con el derecho de cualquier individuo a rehacer su vida o a que se olviden algunos aspectos de su pasado. Y por ello establece ciertos criterios para el caso de que una persona reclame el borrado de una noticia, crónica o reportaje veraz que afecte a su imagen.

“Nunca se producirá el borrado de los archivos digitales de El País, pero se puede considerar la posibilidad de ocultar esa información a los buscadores de Internet”. Además, “la información debe haber sido publicada más de 15 años atrás respecto del momento en que se reclama su borrado” y “ha de perjudicar a la persona reclamante en su vida familiar o profesional”. Sin embargo, no se considerarán las reclamaciones “que afecten a hechos que figuren en sentencias firmes de los tribunales y se refieran a actos de violencia”.

También se regula el uso de la cámara oculta (ahora posible técnicamente en los vídeos que se publican en elpais.com). “El País trabajará con el sistema de cámara oculta solamente cuando ése sea el último recurso posible para obtener una información de indudable interés general, y siempre que ningún periodista haya suplantado una personalidad ajena, que no se allanen lugares privados y que no se vulnere el derecho a la intimidad, al honor y a la propia imagen”, dice el texto.

“El uso legítimo de la cámara oculta (grabar hechos delictivos en la vía pública, por ejemplo, para su denuncia por impunidad o falta de vigilancia; sin que el periodista intervenga en ellos o los provoque) deberá preservar en todo caso”, añade, “la identidad de las personas o entidades implicadas, y no ofrecer datos que conduzcan a ellas”.

El Libro de estilo incluye 119 términos relacionados con Internet y la informática, la mayor parte de ellos neologismos. La lista sirve para establecer las analogías necesarias ante nuevas voces de formación semejante que puedan presentarse (ya se trate de anglicismos, galicismos, tecnicismos, palabras procedentes de siglas o de abreviaciones, marcas comerciales, etcétera).

 En la mayoría de los casos, el manual explica el origen de los vocablos y razona la decisión adoptada al respecto. Así sucede por ejemplo en “banear”, que se relaciona con to ban en inglés y que entronca curiosamente con las raíces españolas de “bandido” y del verbo “bandir” (proscribir). Por tanto, una persona baneada en un foro de Internet o una empresa a la que se retira su enlace con buscadores o navegadores son una persona o una empresa “proscritas”’. También se recomiendan como alternativas ante el anglicismo baneado los términos “excluido”, “sancionado”, “despedido” o “vetado”.

Al vocabulario se incorpora el español de América, con más de una veintena de referencias, entre las que figuran “pantaloneta” (slip o calzoncillos), “polla” (lotería), “parquear” (aparcar), “motoneta” (scooter) o “computadora” (ordenador), términos que pueden utilizarse siempre que se expliquen adecuadamente por el contexto. En general, el criterio de El País es incorporar paulatinamente los americanismos más comprensibles.

 El Libro de estilo aporta palabras españolas como recambio de los tecnicismos y anglicismos que tantas barreras levantan entre los especialistas y el público en general. También, a veces, se escogen algunos vocablos por razones tan arbitrarias como la brevedad de su escritura (“ucranio” se prefiere a “ucraniano”, siendo ambas opciones correctas), con el objetivo de hacer más fácil la cuadratura del titular.

 En cuanto a los aspectos ortográficos, El País vuelve a admitir, entre otras novedades, la acentuación de sólo como adverbio, permitida asimismo por la Academia (“habló solo dos horas”, “habló sólo dos horas”), por entender que facilita la desambiguación de mensajes periodísticos, sobre todo en los titulares.

“Muchas de estas decisiones o recomendaciones son opinables, por supuesto. Se trata de establecer un estilo para un medio en concreto, que se autorregula de ese modo, no de dictar normas para los hablantes en general”, dice Grijelmo. Y añade que esta hoja de ruta para los profesionales de El País está enfocada a facilitar la comunicación con un público lo más amplio posible y a garantizar el uso respetuoso de los potentes medios informáticos que el periodista tiene en su mano.

Fuente: Diario El País, 12.5.14

Contienda de dos mujeres en la APLP

Un acontecimiento histórico se registró en los 85 años de vida de la APLP (Asociación de Periodistas de La Paz). Dos mujeres postularon a la presidencia del Directorio para la gestión 2014-2016, Lupe Cajías y Danna Lema.

Lupe Cajías resultó ser la elegida por amplio margen de votos, de acuerdo con el cómputo efectuado por un Jurado Electoral, integrado por representantes de la APLP y de las dos únicas candidaturas concurrentes al acto eleccionario. Un Notario de Fe Pública actuó de supervisor, en tanto que la presidencia del Jurado la ejerció el periodista René Carvajal, secretario general de la Federación de Periodistas de Bolivia.

Lupe encabezó la fórmula que se identificó como la Institucional y Danna lo hizo por el Frente Bisco, que representó a un Partido, como explicó ella. Esta resultó ser una novedad, nunca antes en las elecciones de la APLP intervino un partido político.

Otros sucesos notables con la elección de Lupe es que ejercerá la presidencia de la APLP por segunda vez. Su primera gestión la cumplió en 1992-1994. Pero, la circunstancia es más trascendental todavía. Si bien Lupe ejercerá nuevamente el cargo, de todas maneras se mantiene el hecho de que es la segunda mujer que dirige la APLP.

La primera fue la extinta Ana María Romero de Campero, quien fue una de las personalidades estelares del periodismo local, que condujo la entidad en el período 1988-1900. Bajo su mandato se instituyó el Premio Nacional de Periodismo.

Con anterioridad, Ana María fue invitada por el presidente Walter Guevara a ser Ministra de Información. Su gestión, empero, fue muy corta, Guevara fue derrocado por el golpe militar de Alberto Natusch. Por esta infausta razón, Ana María desempeñó el cargo por sólo tres meses. El mandato de Guevara, surgido de una decisión del Congreso Nacional, duró del 8 de agosto al 1 de noviembre de 1979.

Lupe, que es una distinguida periodista profesional e historiadora egresada de la UMSA, a su vez, desempeñó una alta función en el gobierno de Carlos Mesa Gisbert (18 de octubre de 2003-8 de junio de 2005). Tuvo, entre otras, la misión de luchar contra la corrupción, por lo que se la nominó “Zarina” Anticorrupción.

El Directorio que acompañará a Lupe en la conducción de la APLP está formado por una alianza de periodistas independientes, de larga y nueva trayectoria, comprometida en sostener la independencia institucional de la APLP. Sus integrantes son:

Vicepresidente, Raúl Peñaranda; Fiscal General, Rafael Archondo; Secretario General, Víctor Silva; Secretario de Régimen Interno, Marcelo Royo; Secretario de Hacienda, Reynaldo García Cárdenas; Secretaria de Prensa y Cultura, Gloria Martínez; Secretaria de Libertad de Prensa, Circe Araníbar; Secretaria de Actas, María Elena Ríos; Vocales: Isabel Mercado, Javier Castaños, Magaly Vega y Loida Rodríguez. Tribunal de Honor: Mario Castro, Mario Ríos Gastelú, Renán Estenssoro, Luis Quezada y María Eugenia Verástegui.

El nuevo Directorio de la APLP será posesionado el viernes 9 de mayo, en homenaje al Día del Periodista; aunque esta fecha se celebra el día 10, este año cae en día sábado.

Concluirá ese día su gestión el Directorio presidido por Antonio Vargas, quien es digno del mayor reconocimiento gremial por su puntual y firme defensa de la libertad de expresión y de prensa. Y contó, como garantía en la administración esmerada de la economía institucional, a la periodista y abogada Leslie Rojas.

A Vargas, actual docente de la carrera de Comunicación de la UMSA, le correspondió presidir la APLP en un período muy difícil, pues el gobierno de Evo Morales se empeñó en vulnerar aquellos principios y derechos.

Aparte de cooptar medios, promulgó la ley Contra el Racismo y la Discriminación, que impone regulaciones para coartar la libertad de información, incluyendo hasta la pena de cárcel para periodistas.

En tanto, la ley del Tribunal Supremo Electoral, entre sus disposiciones represivas contra el ejercicio periodístico, prohíbe realizar entrevistas a los candidatos que participen en los procesos eleccionarios.

Pese a la imposición de tales normas que violan el derecho de los bolivianos de acceder a información amplia e independiente, la firmeza de la defensa de Vargas en la libertad de expresión y de prensa impidió, por lo menos hasta el presente, que se apruebe una Ley de Medios, que implicaría la revocatoria de la Ley de Imprenta de 1925, único baluarte de protección legal que tienen los periodistas.

Fuente: El Diario, 30.4.14 por Alberto Zuazo, periodista boliviano

La tecnología en su convergencia con el Periodismo

Todos los medios de comunicación tienen, hoy en día, varios soportes. Se han convertido en auténticas corporaciones, incluso cuando se trata de proyectos modestos en lo económico. Es una tendencia, más que una moda, una necesidad, una manera de actuar en los actuales tiempos de “multi-oferta”, de “multi-media”. Intentan su incardinación en varias posibilidades, habida cuenta de que buscan disponer de cuantas más opciones mejor para captar audiencia.

Recordemos, en primer término, que la misma competencia a través de los diversos canales, arropados por las nuevas tecnologías, conduce a una fragmentación que ocasiona que cada vez haya que pugnar por un menor número de consumidores de información en un trecho de faena por llegar antes y en las mejores condiciones posibles. Además, con las TIC´s, todos los medios de comunicación que se tildan de masivos convergen en Internet, en sus portales digitales, como algo ineludible. Igualmente, todos aspiran a tener su hueco y a cubrir sus objetivos de informar, formar y entretener.

La mejoría es evidente: las informaciones que observamos en la Red de Redes tienen de todo: imagen, audio, textos, opiniones de los ciudadanos, pareceres de las diversas fuentes… Son, obviamente, más completas que nunca, pero también necesitamos, en paralelo, para llegar a ellas, más tiempo y esfuerzo que nunca antes, pues hay que buscar entre mucha oferta, y no siempre disponemos de esas horas fundamentales para poder otear todas las aristas de una noticia, reportaje, informe, o lo que fuere.

La información, con la convergencia de todas las tecnologías de la información, con el avance de las telecomunicaciones y de la informática y de sus programas, es más inmediata. Llega casi al mismo tiempo que se produce. Todo se conoce en minutos. La existencia se presenta mucho más precipitada, con lo que ello supone de ventajas y de desventajas. Las tecnologías permiten el volcado paulatino de todos los eventos y de sus circunstancias conforme van llegando los datos, a medida que se conoce lo que va ocurriendo y en cuanto se dispone de información, de fotografías y de imagen y audio. El salto que se ha dado ha sido exponencial. No podíamos imaginar tiempo atrás que pudiera ocurrir algo así. El progreso invita a lo infinito.

Por otro lado, la información es también más asequible, más rápida, más barata. No se necesitan los soportes costosos del papel, ni las grandes ni cuantiosas instalaciones de un periódico tradicional, de una radio o de una estación de televisión. Estas flamantes condiciones tienen sus pros y sus contras. Conviene que haya un equilibrio: la información ha de tener un justo precio, ya sea a través de pago, de patrocinios y/o de publicidad. La inmediatez está bien, pero debemos emplear el tiempo necesario para poderla contrastar. No nos equivoquemos, no por no hacer bien los deberes.

La accesibilidad de la información es una clara evidencia que universaliza en el mejor de los sentidos lo que han dicho hasta ahora las Constituciones democráticas. Lo que no nos debe faltar, en esta tesitura, es una conveniente contextualización, así como hemos de defender el avance, en las rutinas cotidianas, de un aprendizaje que ahonde más y más en las diversas cuestiones que podemos considerar principales. Optimicemos, pues, las tecnologías en el Periodismo, eso sí, bajo la presencia de la ética. Los resultados serán, son ya, palpables. Por mucho que digan algunos agoreros, hay muchos motivos para la esperanza

Fuente: Periodistas en español, 28.4.14 por Juan Tomás Frutos, español, doctor en Ciencias de la Información y en Educación

Periodismo e independencia política

Periodismo e independencia política  El mejor y más preciado atributo que debería tener un periódico y, en general, un medio de comunicación, es su independencia política. Debería informar sin cargas ideológicas, sin prejuicios y sin intereses predeterminados, dependiendo únicamente del buen criterio y calidad de sus directivos y de sus periodistas que construyen el cada día del medio informativo.

 Cuando un periódico logra informar con veracidad, se convierte en un soporte de la democracia y, claro está, no hay democracia sin libertad de prensa, sin libertad de pensamiento. Es a estas libertades que contribuyen los buenos medios de comunicación y de esa manera se convierten en impulsores y guardianes –no son los únicos- de la democracia, pues conducen a que el ciudadano esté informado y tenga opinión positiva sobre la realidad que vive.

 En una situación política donde los check and balances, los pesos y contrapesos están desapareciendo, donde el poder estatal es exagerado, tanto que el Ejecutivo controla al  Poder Legislativo, Poder Judicial y Poder Electoral, donde el Estado intenta controlar muchos medios de comunicación y, de esa manera, recorta libertades a los ciudadanos, es cada vez más importante la existencia de medios de comunicación independientes, que muestren la realidad, que no la oculten y que no caigan en la autocensura a la que invitan los poderes desmedidos.

 En sus pocos años de vida, Página Siete ha logrado construir y preservar ese valor: la independencia política, éste es su gran mérito, éste es el capital más grande con el cual cuenta y ésa es su contribución al desarrollo de la democracia. No le debe ser fácil conservar esa independencia en un medio agreste, donde el poder exige obsecuencia y periodismo apologético; a Página Siete no le debe ser fácil su trabajo cotidiano, en el cual se advierte a ojos vista que el avisaje estatal le es esquivo.

 Pero, ahí está este periódico que merece ser apoyado y que merece  recibir una felicitación por lo logrado en pocos años de vida. El proyecto impulsado inicialmente  por Raúl Garafulic, Raúl Peñaranda y ahora por Juan Carlos Salazar e Isabel Mercado, es un ejemplo de la  construcción de un buen periodismo, pues a la independencia política le suman calidad, es eso, precisamente, lo que posee con el aporte pluralista de sus columnistas, quienes provienen de muchas disciplinas, de distintas fuentes ideológicas, que poseen miradas de género y de mundo muy diferentes.

 Aunque el poder los acosa con mucha regularidad y, a veces, con demasiada fiereza y mala intención, Página Siete muestra que se ha mantenido fiel los principios con los cuales se fundó: pluralidad e independencia política. Y, además, es de destacar la innovación, pues la puesta en circulación de nuevos suplementos implica trabajo y un deseo claro de mejorar su calidad.

 La lectura de Ideas, ya consolidada, es un regalo para el lector; la presencia de LetraSiete da una buena idea de las corrientes literarias en el país, y ese suplemento existe al lado de Los Principales, en el cual se retratan las actividades de las burguesías cholas y de los empresarios populares emergentes de Bolivia. Inversión es una buena apuesta para dar una mirada más profunda a la economía; pero, ningún país se mueve sólo y exclusivamente dentro de propio ombligo, por ello es un acierto la circulación de Aldea Global, que nos coloca en el mundo y mira con mayor detenimiento a los fenómenos internacionales.

  Todos  quienes tienen una vena cercana al deporte ahora pueden estar contentos con los recuerdos de los mundiales que vienen en su suplemento deportivo, y para los que miran el mundo con ansias de tecnología también hay un producto para ellos.

 Por todos sus logros alcanzados en tan poco tiempo, por su contribución a la democracia y por darnos un producto de buena calidad, Página Siete, sus directivos, sus periodistas y todo su personal se merecen una felicitación muy grande; tengan certeza de que hay gente que valora su trabajo.

Fuente: Página Siete, 24.4.14 por  Carlos Toranzo Roca, economista y analista político

García Márquez, maestro de periodistas

-“Llámenme Gabo”. Gabriel García Márquez está sentado a mi izquierda, en la cabecera de una gran mesa en “U” con 12 periodistas llegados de toda Latinoamérica para hacer un curso de narración. Es abril, justo abril, de 1998 y estamos en uno de los magníficos salones del Museo de las Intervenciones, en Ciudad de México. Serán tres días consecutivos, en clases de cuatro horas cada día. Doce horas con el Nobel de Literatura, a solas, encerrados en el salón donde el maestro -eso era entonces y ésa era su aula-,  había dado la orden de no interrumpirnos. Bromeamos con el número y la superstición. El maestro y sus doce discípulos. Trece. “Acaso tengamos esta noche nuestra última cena”, dijo alguien. Gabo abrió un cuaderno, se acomodó los lentes y comenzó, como si no hubiese escuchado. No preguntamos nada cuando al día siguiente, segunda clase, un asistente se sumó al grupo únicamente como espectador. Ahora ya éramos catorce. El realismo mágico se metía en nuestra clase.

El Nobel, el prócer de las letras, la estatua viviente, era ahora un profesor de Periodismo que gozaba más de los relatos ajenos que de los propios. Más que hablar, quería escucharnos. El manejo de las fuentes en nuestros países, la resolución de las notas, la elección de los títulos, de la “cabeza” de la noticia. Impacto sin golpes bajos. Interés, resolución, certeza, placer. ¿Placer? “No leerás nada que no te guste, que no te llegue, que no te impacte, ¿por qué deberías hacerlo?”, nos decía. Y se apasionaba. Y nos azuzaba: “¿Quieres un lector? Pues gánatelo!”.

Ya nos consideraba sus alumnos y nos indicó que si alguna vez volviéramos a vernos sólo le dijéramos Gabo. Sería la señal, la contraseña de las clases compartidas. Y entonces iba al punto “Tienes que tomar al lector por las solapas, ¿entiendes? Zamarrearlo en el primer párrafo e ir soltándolo de a poco. Una vez que captaste su interés, se quedará”.

Para eso hay que elegir las palabras justas. Deben sonar como música, pero también contar, dar información, entretener. Otra de sus máximas, que jamás olvidé: “Nunca es lo mismo decir cien elefantes cruzaron la selva que decir: Noventa y nueve elefantes adultos y un elefantito recién nacido cruzaron la selva…”. La devoción por el detalle. Porque siempre ayuda a entender lo sucedido. Siempre.

Pasan las horas y el Nobel es Gabo de verdad. Un tipo que baja del pedestal para ponerse al alcance de la mano. Que ríe con nosotros y nos dice, al paso, “corríjanme si me equivoco” cuando se lanza tras otra encrucijada acerca del origen de las noticias, del enfoque, de la mirada que define.

Las máximas afloran como agua termal: “¿Tú trabajas en Policiales? Mira… siempre hay alguien que sabe lo que pasó, sólo hay que encontrarlo…” Ríe con el acento argentino, y destaca lo de nuestra yuvia, siempre haciendo ye de la elle, cuando para el resto de Latinoamérica es Iuvia. Le llama la atención, también, el uso de la “ch” en el Río de la Plata. “A los argentinos les encanta… Tal vez por el gaucho. Dicen muchacho morocho, lo que para nosotros es un joven moreno, ¿no?” Y vuelve a reír.

No hay ni asomo del malhumor de escritor consagrado que, nos dijeron, solía tener por aquellos días. No con nosotros, sus alumnos. Pasan entonces sus horas de periodista, las que jamás olvidó. Cuenta otra vez su obsesión con los Buendía, el clan interminable de su obra cumbre, y nos dice que debió reducir a la familia en un par de generaciones porque debía entregar el libro según lo pactado y necesitaba el dinero. Su mujer Mercedes economizaba el querosén de las lámparas para que él pudiera seguir escribiendo y terminar. Mandó entonces “Cien años de soledad” a Buenos Aires, la ciudad donde se editó, y cambió la vida y el mundo.

Ya en confianza, me atreví a preguntarle: “¿Se sorprendió con ese éxito? ¿Dijo algo así como “no puedo creer que me esté pasando esto a mí?”. Parecía un golpe de fortuna.

 “Creo que no ¿sabes? Yo sabía muy bien lo que había escrito”, me contestó sonriente. Por aquellos días, se enorgullecía de ser “el escritor más robado en las librerías de Nueva York” y se divertía porque había dicho, en una charla entre amigos, que había que abolir definitivamente la ortografía para que la gente se sintiera “libre de su tiranía”. Pero el mundo lo tomó en serio y hubo hasta debates en la Real Academia de Madrid.

Jamás volvió a Buenos Aires. Había oído que, supersticioso como era, no lo hacía porque le habían dicho que podría morir acá. También se reía de eso. “Patrañas”, dijo, y mencionó que no estaría cómodo llegando con un gobierno ultraliberal como el que entonces encabezaba Menem. Tampoco vino después. Nunca más.

El último día, el maestro nos invitó a almorzar. Dos colegas y yo fuimos en su Nissan blanco, conducido por él mismo, hasta un restorán en las afueras del Distrito Federal. Recuerdo una casona con un hermoso jardín y mesas dispuestas sobre el césped, bajo el sol. Entre nosotros caminaban pavorreales. “Ahora sí, veamos qué tienen para mí”, nos dijo. Y todos sacamos los libros que le habíamos llevado para firmar. Le dije que, si no llevaba su firma en uno, mi mujer no me dejaría volver a casa y entonces puso, junto a una flor que él mismo dibujó a mano alzada: “Para Melania, para que Héctor pueda volver a casa”. Es un ejemplar de Relato de un náufrago. Tras el brindis con tequila y pulque, tomó mi antebrazo y el de una periodista venezolana que estaba del otro lado. Sin mirarnos, apenas murmuró: “No me gustan las despedidas. Disfruté mucho de que nos hubiésemos conocido”. Hizo un leve movimiento de cabeza hacia la puerta de entrada y dos asistentes vinieron hacia él y lo acompañaron hasta la salida. Nos quedamos en silencio y alguien dijo: “El sueño terminó”. No fue así durante todos estos años en que tratamos de aplicar el secreto de la escritura perfecta en cada nota. No importa que no lo consigamos jamás

El sueño del maestro de periodistas hablando de periodismo con periodistas es un faro eterno que alumbra entre las olas cada vez que uno quiere mirarlo. No se apagará nunca. Ni siquiera hoy, con lo que duele la noticia.

Fuente: Revista Ñ-Clarín, 23.4.14 por Héctor Gambini, periodista argentino

Comunicación alternativa

En general, hay una idea vaga respecto de lo que se denomina comunicación alternativa. Se la suele asociar con medios pequeños y pobres, que tienen un sentido social y con poco poder económico respecto de los grandes medios. A la comunicación alternativa se la nombra también de maneras diferentes: comunicación para el desarrollo, popular, comunitaria, para el cambio social, entre otros. No quiere decir que estén metidos en la misma bolsa, pero tienen en común principios en los que el lucro y mantenerse en el mercado de la información no son los esenciales. La comunicación alternativa (por tomar una de sus denominaciones) tiene como propósito principal contemplar la comunicación como un derecho, un espacio y camino de transformación social.

Para aterrizar la idea, vayamos a ejemplos. Las radios siempre han llevado la bandera en este campo. Radio Paj Sachama, emisora del Movimiento Campesino de Santiago del Estero, funciona con paneles solares y fue creada con la intención de tener una agenda propia, incluyendo temas como la defensa del territorio. Otra experiencia, esta vez en Buenos Aires, combina la comunicación con la salud mental. Se trata de La Colifata, creada por la asociación civil que tiene su mismo nombre. Ahí hay programas en los cuales los pacientes narran lo que sienten y piensan del mundo, desde su perspectiva. Tenemos así un grupo de radios que se relacionan de manera diferente con la comunidad y que además de desarrollar un proyecto de comunicación, cumplen una función social. ¿De dónde viene todo esto?

La comunicación alternativa nació en el año 1948 en latitudes colombianas, mucho antes de que fuera bautizada así por los teóricos. Se fue forjando con radios, como Sutatenza, que buscaban hacer partícipes a los campesinos colombianos, no sólo para informarlos, sino también para comunicar sus necesidades y opiniones, para enseñarles a leer y escribir, y construir con ellos soluciones a sus problemas. En la misma trayectoria se ubica el trabajo de la red de radios mineras en Bolivia (conformada por 33 emisoras), claves en la búsqueda de una revolución nacionalista radical, encaminada a instaurar el voto universal, promover la reforma agraria y la nacionalización de la minería. En la revisión histórica habría que incluir también el aporte de la cooperación internacional que financió muchos proyectos en comunicación, que si bien estaban planteados para “ayudar” al “desarrollo” de los países del “tercer mundo”, permitió visibilizar la comunicación como una herramienta facilitadora de crecimiento social.

Años después vino la crisis económica de los ’70, acelerada por la escasez del petróleo. La reflexión dio origen a la “teoría de la dependencia” y se comenzó a hablar también de “dominación cultural” ejercida a través de los medios de comunicación. Distintos teóricos empezaron a formular ideas que manifestaban el deseo de una comunicación más equitativa. ¿Qué pasó entonces? Aunque las razones son numerosas, Luis Ramiro Beltrán, teórico latinoamericano de la comunicación, señala que la fuerte oposición del sector privado y las maniobras de los políticos afectados en sus intereses hicieron que a esta idea se le fuera deteniendo el pulso. Así fue como treinta recomendaciones de la Unesco para una comunicación más democrática, el llamado Informe McBride y las propuestas de los Países No Alineados se quedaron en el papel.

La búsqueda por una comunicación que sume a la transformación de nuestras realidades lleva más de cuarenta años y no han bastado los acuerdos teóricos para materializarla en proyectos palpables en la vida real. Por eso, aunque son importantes los adelantos en legislación que buscan la desconcentración de los medios, como sucede hoy en la Argentina, en la mayoría de los países latinoamericanos el capital extranjero sigue controlando gran parte del sistema mediático. Tendríamos que recordar que no se puede confiar un derecho que es de todos sólo a acuerdos escritos. Democratizar la comunicación supone discutir sobre la propiedad de los grandes medios, pero sin perder de vista también que la comunicación, en sus distintas manifestaciones, es ante todo un espacio donde las personas crecen como sujetos sociales. De eso se preocupa la comunicación alternativa.

Fuente: Página12, 23.4.14 por Alba Fajardo, colombiana, licenciada en Comunicación Social. Periodista de la Universidad Externado de Colombia

El 'arte' de limitar la libertad de la información

Los ciudadanos de todo el mundo asistimos hace apenas unos meses con asombro a la revelación de la existencia de dos programas de vigilancia masiva de las comunicaciones por parte del Gobierno norteamericano. La justificación gubernamental estadounidense ante tal violación del derecho fundamental a la intimidad personal y familiar resultó previsible: los programas han sido eficaces porque han “prevenido muchos ataques terroristas”. Nunca se especificó cuáles fueron estas acciones, lo que obviamente produce en el ciudadano una sensación amarga, que aumenta su incredulidad.

En cambio, es menos previsible la respuesta que pueda dar el Gobierno en cuanto al caso Edward Snowden, exagente de la Agencia de Seguridad Nacional (ASN) y presunto whistleblower o denunciante de esta información.

Algunos de estos documentos filtrados indican que la ASN y el Centro de Inteligencia Británico (GCHQ) habrían espiado a Julian Assange y a Wikileaks. En este caso, la definición ha sido la de “actor foráneo maligno”, esto es, se le ha catalogado como una amenaza a la seguridad nacional. Wikileaks parece que ha sido espiada hasta el punto de monitorizar las entradas a su website y adquirir las direcciones de IP de los visitantes a la web. Otro de los documentos describe las presiones ejercidas por Estados Unidos a países aliados para tratar a Julian Assange como un delincuente. Esto, sencillamente, es inaceptable en un país democrático que se precia de aplicar el Estado de derecho.

Dispone el artículo 19.2 del Pacto de Naciones Unidas de Derechos Civiles y Políticos que “toda persona tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”.

Los mismos derechos de naturaleza fundamental están recogidos en otros textos regionales de protección de los derechos humanos como son: el artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH); el artículo 13 de la Convención Interamericana de Derechos Humanos; y el artículo 9 de la Carta Africana de Derechos Humanos.

Su ejercicio puede estar sujeto a restricciones legales, que se consideran necesarias para asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás; y para proteger la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas. Pero, como cualquier restricción, deben ser aplicadas en sentido estricto.

Lo que resulta de vital importancia es que en todos estos textos jurídicos la libertad de expresión y la libertad de información se regulan en un mismo artículo porque la primera es la base de la segunda y porque aquella no se puede ejercer sin esta.

Esto es, el acceso a la información es una conditio sine qua non para ejercer, de forma plena, la libertad de expresión así como otros derechos. Si uno no está informado, su opinión podrá ser válida, pero será incompleta o, cuando menos, distinta a aquella otra que expresaría de haber dispuesto de la información. Y ello tendrá repercusiones en otros ámbitos, como puede ser el ejercicio del derecho al voto.

De ahí que el Comité de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas haya declarado que la libertad de expresión y la de información son de suma importancia en cualquier sociedad democrática.

Estos derechos que, en teoría, se consideran tan arraigados en las sociedades democráticas occidentales son objeto de numerosas tensiones entre el Estado y los ciudadanos. En términos generales, existe una clara tendencia por parte de algunos Gobiernos a limitarlos. Esta predisposición se escuda en una interpretación amplia y muchas veces contra legem, de las restricciones legales a las que se han hecho alusión.

En este contexto, son varios los mecanismos desplegados: el más conocido es la “guerra contra el terrorismo” con el que se consigue justificar la supuesta protección de la seguridad nacional y la intromisión sistemática de los derechos y libertades de los ciudadanos, precisamente los dos que se alegan contra Assange y Wikileaks.

Resulta paradójico que tanto uno como otra estén siendo tratados como una amenaza y no como lo que son: un periodista y un medio de comunicación que ejercen el derecho fundamental de recibir y difundir información en estado puro, sin cortes ni censura, sin intereses partidistas de por medio, sin presiones económicas ni políticas. Es quizá este sistema el que causa miedo y preocupación por la falta de control que suponen

Un ejemplo claro fue la publicación y difusión del vídeo del ataque aéreo estadounidense que causó la muerte de NamirNoor-Eldeen y Saeed Chmagh, dos trabajadores de la agencia de comunicación Reuters en Irak. La agencia intentó infructuosamente conseguir el vídeo del ataque que finalmente se hizo público en Wikileaks desmontando la versión oficial del Pentágono al demostrar que se había tratado de una acción contra civiles.

La práctica de las autoridades americanas y británicas de investigar y espiar a Julian Assange, Wikileaks y a sus empleados no tendría como objetivo, por tanto, proteger la seguridad nacional, ni amparar a la sociedad ante una amenaza, sino defenderse ellos mismos de la posibilidad de ser investigados. En suma, se trata de proteger al Estado de sus ciudadanos.

En el procedimiento contra la soldado Manning, el fiscal declaró a efectos de la obsoleta, pero vigente Ley de Espionaje norteamericana, no hacer diferencia alguna entre una fuente que suministra información a WikiLeaks o la que proporciona a otro medio de comunicación, como el New York Times. En este sentido, cabe preguntarse: ¿Acaso también estamos ante una guerra contra la libertad de expresión y de información? ¿Ante una especie de tendencia o “arte” de limitar la libertad de información? Si fuera así y hay indicios de ello, estaríamos entrando en un terreno pantanoso del que será difícil salir indemne.

La respuesta debe ser firme: la guerra contra el terrorismo no puede legitimar, en modo alguno, el procesamiento de quienes publican prácticas ilegales o irregulares realizadas por quienes gobiernan. Tampoco puede justificar políticas de vigilancia a periodistas ni a medios de comunicación vulneradoras de derechos fundamentales ni, mucho menos, su procesamiento penal por ejercer un derecho fundamental propio de una sociedad democrática. Cualquier acción en este sentido deberá ser investigada hasta sus últimas consecuencias y sus autores imputados, por cuanto están contradiciendo el verdadero sentido del derecho a la información y el acceso a la misma, como pone de manifiesto el relator especial para la Libertad de Expresión e Información, Frank Larue en su informe general a la Asamblea General de septiembre de 2013.

Mientras tanto, próximamente, Julian Assange cumplirá dos años como refugiado en la Embajada de Ecuador en Londres, gracias al asilo político conferido por el presidente Rafael Correa, sensible a   los derechos humanos cuestionados y  consciente del riesgo que aquel correría en manos norteamericanas. Esa decisión le ha enfrentado al poder más potente del mundo, pero los meses transcurren entre el autismo británico y la falta de respuesta de las autoridades judiciales suecas que quebrantan en forma flagrante los derechos de Assange, consumando una agresión oficial a un ser humano sin precedentes recientes.

Fuente: El País, 23.4.14 por Baltasar Garzón abogado español

El “lead”, técnica de García Márquez

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Los lectores avezados detectan que estas líneas son las introductorias de “Cien años de soledad”.

  Con tales muestras de anzuelos literarios, la tentación de dejar la lectura de páginas de Gabriel García Márquez acaba inexorablemente en fracaso. Millones lo han intentado, sin éxito. El lector ha quedado atrapado y reclama más hechos y detalles.

Es el resultado de la adaptación enriquecida y personalísima de “Gabo” de un mecanismo de redacción de arquitectura aparentemente muy elemental. La tradición reconoce su origen en el periodismo estadounidense: el “lead”, o encabezamiento de una noticia.

  La trampa por la que el lector ha sido capturado es la estructura y el contenido del párrafo introductorio, repetido y modificado de formas diversas en otros capítulos de este escritor. Cualquiera de sus libros tiene muestras semejantes.

  Desde el punto de vista puramente redaccional, consiste en la ubicación, al inicio de un artículo de esencia periodística, de los hechos básicos de la crónica.

En la estructura de la “pirámide invertida”, la combinación de “qué”, “quién”, “cuándo”, “dónde”, “cómo”, y (quizá) “por qué”, es el aperitivo con el que el autor intenta atrapar la atención del lector. En el resto del escrito, el autor va completando los detalles satisfaciendo con dosis calculadas los diversos deseos o expectativas del lector.

La variante del “lead” ortodoxo coloca los detalles secundarios en el interior de la narración en sentido contrario a su importancia, dejando como opción suprema la decisión individual de no terminar la lectura. Una técnica alternativa precisamente opta por reservar un golpe de efecto para el final. García Márquez usa diversas modalidades.

  Según las confesiones del propio García Márquez, contra las expectativas de su familia, abandonó los estudios de derecho para dedicarse al periodismo, que practicó en numerosos subgéneros.

 En contra de lo que pudiera interpretarse de un autor que ha quedado ilustrado con la etiqueta del “realismo mágico”, su prosa es un ejemplo muy alejado de la verbosidad barroca y la complejidad sintáctica. Su simplicidad gramatical y la selección léxica sorprenden precisamente por la naturalidad con que se ofrecen.

El aprendizaje de esa personalísima técnica es el resultado del paso de García Márquez por diversos diarios colombianos (El Heraldo de Barranquilla y El Espectador de Bogotá, entre ellos), su trabajo como corresponsal en varios países europeos y la fundación y desarrollo de la agencia Prensa Latina.

Su prosa debió de ser el resultado de rechazar la tónica grandilocuente de aire de discurso populista y el oscurantismo de los textos editorialistas.

Un posible origen de esa contundente sencillez, aunque resulta difícil de demostrar y no existen confesiones explícitas del propio autor al respecto, es la profesión de su padre, Gabriel Eligio García.

Telegrafista de Aracataca (transformada literariamente en Macondo), la aldea natal, su trabajo diario debió de atraer la atención de su hijo. La naturaleza rígida de los textos que debía transmitir, con una economía de palabras dictada por la necesidad de abaratar los costos y los esfuerzos técnicos, pudo impactar al futuro escritor.

Sin embargo, la historia del periodismo no se pone de acuerdo en asumir si la técnica del “lead” tiene precisamente su origen en esa tecnología primitiva de la comunicación en el siglo XIX. Otra interpretación ubica su desarrollo en una época más tardía, cuando comienza a primar el periodismo puramente informativo, soslayando el sostenido en el comentario y la opinión ensayística.

  De más influjo literario debe ser la admiración de Gabo por los escritores estadounidenses, entre los que se destacaba Ernest Hemingway. El autor de “Adiós a las armas” es notorio por haber confesado cómo aprendió a escribir. Humildemente pagaba su deuda con el “Manual de Estilo” de la agencia Associated Press (AP).

Este código de redacción, impuesto con rigurosidad a los periodistas, conminaba a una serie de normas que se resumían en unas pocas lógicas técnicas: oraciones cortas, construcciones afirmativas, abstención de frases subordinadas, palabras correctamente elegidas y huérfanas de connotaciones oscuras.

  Además, la servidumbre financiera presidía esos condicionamientos literarios: los textos largos eran más caros de transmitir que los cortos.

Resulta paradójico y muy significativo que el mismo autor que tuvo una relación tormentosa con Estados Unidos, donde fue vetado durante años por su colaboración con el castrismo, ofreció así un homenaje a unas muestras de la cultura de ese país.

El periodismo y la literatura, reflejados en sus técnicas profesionales y la obra de sus maestros novelistas, se revelan como las dimensiones esenciales de una tradición muy cercana a las inclinaciones de Gabo.

  Fuente: IPS, 23.4.14 por Joaquín Roy, catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami

Cambiar algo todos los días

En su momento no lo entendí; solo ahora siento que comencé a ver el periodismo con otros ojos después de aquel encuentro en que, al hablar sobre el taller de ética que íbamos a comenzar, Gabriel me dijo con una certeza total: “hacen una sola cosa, como el zumbido y el moscardón”. Se refería a las relaciones entre la ética y la técnica en periodismo.

Después de ese momento y a lo largo de los dos días de taller, sus aportes enriquecieron la visión del periodismo que entre todos construíamos. Él escribía entonces “Noticia de un secuestro” y nos hacía caer en la cuenta, sin teorizar y con el simple recuento de su trabajo, que no basta escribir los datos de una historia. Toda noticia, concluíamos, tiene el material necesario para cambiar la vida de la gente. “Ser periodista es tener la oportunidad de cambiar algo todos los días”, decía. Pero además, la forma de la noticia debe ser bella y atractiva, con la capacidad para atrapar al lector desde el primer renglón.

Hoy siento que de esa mirada distinta del periodismo hace parte la idea de que lo importante no es difundir la noticia antes que la competencia –esencia del síndrome de la chiva- sino darla bien, con los datos exactos y con palabras tan precisas como las piezas que ensambla un joyero: cada una en su lugar exacto y con su belleza a la vista. Calidades puestas al servicio del lector.

Pocas veces había encontrado a alguien tan convencido de que la tarea del periodista es servir al lector con el tributo de las palabras como medios para develar la realidad. Esa voluntad de servicio me explica la reacción de sus lectores de todo el mundo y de todas las lenguas y la profundidad de este silencio que sentimos ante su muerte. Es un silencio habitado por una presencia y unas palabras que no mueren.

Fuente: FNPI, 18.4.14 por Javier Dario Restrepo, periodista colombiano

Las enseñanzas de Gabriel García Márquez

En noviembre de 2002 recopilé frases de artículos y entrevistas a García Márquez en las que habla sobre el periodismo. También hay fragmentos de “Vivir para contarla”, su autobiografía. Fue publicado en el Boletín de Periodismo.com Nº 57.

 En “El Universal” publiqué mis primeros trabajos periodísticos. Clemente Manuel Zabala era el jefe de redacción. Le expliqué que quería trabajar allí, y que había publicado tres cuentos. Y resultó que él los había leído. Me dijo: “Siéntate y escribe una noticia”. Después la leyó y lo tachó todo, y fue escribiéndola él entre las líneas tachadas. En la segunda noticia volvió a repetir la misma operación. Las dos se publicaron sin firma, y yo pasé días estudiando por qué cambió cada cosa por otra, y cómo las escribió él. Después ya me fue tachando menos frases, hasta que un día ya no tachó más, y se supone que desde aquel momento yo ya era periodista

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Las escuelas de periodismo son importantes para saber lo que es el periodismo, pero no para saber periodismo.

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Es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre producto de la inmoralidad, sino que ocurren por falta de dominio profesional.

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El mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

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La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor.

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La investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición.

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“Crónica” tuvo para mi la importancia lateral de obligarme a improvisar cuentos de emergencia para llenar espacios imprevistos en la angustia del cierre. Me sentaba a la máquina mientras linotipistas y armadores hacían lo suyo e inventaba de la nada un relato del tamaño de un hueco. Así escribí “De cómo Natanael hace una visita”, que me resolvió un problema de urgencia al amanecer, y “Ojos de perro azul” cinco semanas después.

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El periodismo es un género literario mayor de edad, como la poesía, el teatro, y tantos otros.

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Una buena nota es como una salchicha. Tienes que anudarla al final para después poner todo adentro y que no se te caiga nada. Será una buena nota si sabes adónde vas antes de sentarte a escribir.

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Siempre hay alguien que sabe cómo sucedió todo realmente. Hasta el autor del crimen compra el diario para ver cómo salió la información.

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Desde que era un niño y aún no sabía leer esperaba el diario de los domingos, por las tiras cómicas. Hoy, los periódicos ya no me parecen tan atractivos. Probablemente, nosotros hemos cambiado mucho y los periódicos no tanto.

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Los diarios ganarán la batalla el día en que dejen de competir con la radio y la televisión. No hay como el detalle para hacer la diferencia. La TV tendrá las mejores imágenes, pero tu tendrás los olores y los sentimientos de lo que ocurrió.

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Que el periodista esté esclavizado a la realidad no significa que tenga que escribir un texto parco y despojado de sensaciones.

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El objetivo es mantener la atención del lector. Cuando uno siente que corre el riesgo de aburrirse hay que dar un corte, para lo que a veces es muy útil el intertítulo. Es lo que llamo el cambio de nalgas, como cuando vemos cine.

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El peor mal que puede sorprender a un diario: que no me llegue y ya no me importe.

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Para mí, la computadora es una máquina de escribir mucho más simple, práctica y útil. Yo empecé con la pluma aquella de palo de madera y luego pasé por la estilográfica, la vieja máquina de escribir mecánica, la eléctrica y ahora la computadora, que no escribe las novelas por mí, sino que me permite trabajar mucho más rápido, y más descansado. Si a mí me hubieran dado la computadora hace veinte años, tendría dos veces más libros escritos.

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Alguien tendría que enseñarle  a los colegas jóvenes que el cassete no es un sustituto de la memoria. La grabadora oye, pero no escucha, repite pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas de su interlocutor.

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Hay que cubrir más lo que hacen que lo que dicen.

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Tenía y sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas, entendidas como una sesión de preguntas y respuestas donde ambas partes hacen esfuerzos por mantener una conversación reveladora. Hoy es incontable el número de entrevistas de que he sido víctima. La inmensa mayoría de las que no he podido evitar deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque son sólo eso: fantasías sobre mi vida.

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Otra cosa que me preocupa de las entrevistas es su mala reputación de mujer fácil. Cualquiera cree que puede hacer una entrevista, y por lo mismo el género se ha convertido en un matadero público donde mandan a los primerizos con cuatro preguntas y una grabadora para que sean periodistas por obra y gracia de sus tompiates. El entrevistado tratará siempre de aprovechar la oportunidad de decir lo que quiere y -lo peor de todo- bajo la responsabilidad del entrevistador.

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Nunca hay que descuidar la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su voz, y a veces todo lo contrario.

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En una ocasión una reportera española me abordó en un hotel, quería una entrevista. Le dije que no, pero que nos acompañara durante el día a Mercedes y a mí: fuimos de compras, comimos juntos, y cuando regresamos al hotel tomó su grabadora y me dijo ¿ahora sí me da la entrevista? ¡Con todo el material que tenía!

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El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de Derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

Fuente: Periodismo.com, 17.4 14 por Diego Rottman, periodista argentina