Colonialismo y desencuentros desiguales en la radio

Del encuentro desigual entre María Galindo y la periodista española Isabel Gracia se ha dicho mucho en los últimos días, pero se dejó de lado un aspecto que fue la base y razón, a mi entender, de que la extranjera fuera invitada al programa de radio La Barricada   y del cual no salió muy compuesta: el colonialismo y sus favores o perjuicios.
Antes, un apunte: seremos sinceros, ¿alguien se creyó que con María Galindo la persona invitada no será cuestionada con dureza e interpelada de manera provocadora? Quien no lo sabía es inocente o busca una excusa. Podría ser que Gracia no lo supiera, por ser recién llegada –aunque como periodista debería tenerlo muy claro–, pero si es que tiene un entorno local próximo, éste sí que era muy consciente y, es más, seguramente encendió la radio atento a escuchar la contundencia de las palabras.
Ir a La Barricada de Radio Deseo, enfrentarse a María Galindo, en lo que ella ya desde la presentación del programa avisa: “Esta no es una entrevista, es una barricada”, es un reto, una confrontación potente, una posibilidad de debate interesante. Mucha gente va creyendo que podrá con María, cosas de la vanidad, y no siempre lo logra. En este caso, es posible que la curtida y peso pesado activista feminista haya calculado un peso medio y se topó con un joven e inexperto peso pluma. Seguramente esta desigualdad molestó a los oyentes.
La periodista Amalia Pando, otro peso pesado, dijo que el asunto era algo intrascendente, que no merecía la peligrosa reacción de la periodista Gracia de iniciar un proceso a Galindo por el ataque que representa a la libertad de expresión, que a la feminista, en sus entrevistas, se la vencía con inteligencia en las respuestas. Aunque el colonialismo, el tema de fondo, y donde la periodista trastabilló y se dio porrazos, y con el cual María se cebó, sí es relevante.
La Colonia acabó pero sus efectos siguen hasta hoy en día y son globales. El colonialismo se manifiesta en la mirada y en las consiguientes acciones, por la que personas del que se denomina primer mundo ven desde arriba a las otras del resto del planeta; y por la que desde este resto, que en realidad es más grande, se tiende a mirar desde abajo.
Esta mirada tiene un componente de poder económico, cultural y racial. En última instancia se manifiesta en los cuerpos, en su color, en su forma y vestimenta.  El cuerpo nos acompaña y nos delata. Desde así como uno es mira, trabaja y
escribe.
Los privilegios, en el mundo de hoy y a nivel global, los tienen las personas blancas. Se asume que la cultura y el conocimiento también son de ellas, así como la salud y la belleza, etcétera. Entra el componente de género, donde prima el varón.
La negación es habitual; sin embargo, uno de los privilegios del que goza quien está en una posición de poder simbólico es que muchas veces no se da cuenta de ello. En lo cotidiano, la migración es un ejemplo, a unas personas se les abren las puertas, tienen posibilidad de ascenso social, éxito laboral y personal, y esto se ve como natural, ganado legítimamente, aunque ha gozado de toda una estructura favorable para lograrlo.
Al revés es evidente, lo sabe cualquier migrante que se ha sentido realmente discriminado por su condición racial y de origen: cuando no accede a puestos de trabajo, cuando se pone en duda su conocimiento sólo por ese motivo y, en casos más graves y no poco comunes, se le insulta, se le llama basura en campañas electorales, se le escupe o se le mata.
El feminismo también vive estas diferencias. Frente al denominado feminismo etnocéntrico europeo surgen los feminismos negros, las feministas decoloniales, las feministas islamistas…  Lo colonial y lo descolonial es pan de cada día en Bolivia y aplicar estos enfoques a un tema cualquiera, como las madres presas, es un debate siempre abierto y que puede ser muy rico si las personas están a la altura.
Fuente: Página siete. 30.6.15  Drina Ergueta, periodista boliviana

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