Carreras de comunicación

por Antonio Gómez Mall

El estudio universitario de la comunicación en Bolivia fue resultado, en sus inicios, de esfuerzos que se dieron en las ciudades de La Paz y Cochabamba. Hoy hacemos un recuento de este proceso como homenaje a las y los docentes del área.

El intento pionero fue el del entonces “Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública”, destinado a periodistas y que inició sus actividades el 10 de febrero de 1969 en La Paz y el 13 de agosto del mismo año en Cochabamba, con el auspicio de la Universidad Católica Boliviana, la Asociación de Periodistas, el Sindicato de la Prensa, así como de propietarios y directores de periódicos y personalidades del gremio.

Sin embargo, fue de la iniciativa del centro de estudiantes de la capital del valle que partió el requerimiento de convertir al anterior Instituto en “Facultad de Ciencias de la Información Colectiva”, solicitud que fue atendida por la Conferencia Episcopal Boliviana, dando lugar a la fundación de la  “Carrera de Medios de Comunicación” el 13 de mayo de 1971, en la ciudad de La Paz. Cochabamba, tendría que esperar 20 años para contar con una carrera de Comunicación, también en la Universidad Católica.

Desde la época, ha transcurrido casi medio siglo y las carreras de Comunicación se han extendido tanto a las universidades públicas como privadas. Según un último recuento realizado por la Universidad Católica Boliviana, el año 2011, existían 44 carreras de Comunicación en Bolivia, de las cuales la más grande era la de la Universidad Mayor de San Simón de Cochabamba, con alrededor de 1.800 estudiantes inscritos.

Varias de estas carreras han constituido en 1999 la Asociación Boliviana de Carreras de Comunicación Social (Aboccs), afiliada a la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs). Éste es en un logro asociativo único en el país, ya que reagrupa carreras de 15 universidades públicas y privadas, integrando estos dos sectores que en la mayoría de otros campos de estudio aparecen separados.

Las carreras de Comunicación que forman parte de la Aboccs provienen de las siguientes universidades: de La Paz, Universidad Católica Boliviana, Universidad Mayor de San Simón, Universidad Andina Simón Bolívar y Universidad Pública de El Alto; de Cochabamba, Universidad Católica Boliviana, Universidad Mayor de San Simón y Universidad del Valle; así como de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca y la Universidad Técnica de Oruro.

Por otro lado, el estudio de la Comunicación también se ha desarrollado en el posgrado, a partir del inicio que tuvo en la Universidad Andina Simón Bolívar el año de 1996 en la ciudad de La Paz (diplomado, especialidad y maestría), a proyectos como el realizado en la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra (Maestría en Comunicación Organizacional) y el de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” de Cochabamba, que tiene ya cuatro versiones de su Maestría en Procesos de Información y Comunicación, y que ahora también ofrecerá desde agosto próximo el primer Doctorado en Comunicación e Información.

Finalmente, como resultado de todo este proceso ya no es raro contar con publicaciones recientes en el área e incluso tener una revista científica de Comunicación indizada internacionalmente como “Punto Cero” de la Universidad Católica Boliviana, o contar con bolivianos en el directorio asociaciones internacionales del campo como la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (Alaic) o la Felafacs.

Fuente: Los Tiempos, 7.5.13 por Antonio Gomez, comunicador social y docente universitario

El juego limpio

por Fernando Ruggera

Nadie dice: “Tal o cual historiador es independiente”. Tampoco los sociólogos, los politólogos y demás yerbas del mundo de las ciencias sociales son así catalogados. ¿Por qué hay entonces la idea de que al periodismo puede atribuírsele semejante calificativo? ¿Acaso las empresas de prensa no son justamente eso: empresas que responden a sus fuentes de financiamiento, a sus anunciantes y, en definitiva, a algún proyecto de país que conjugue sus (todos esos) intereses con el de otros actores de la vida social? Así funciona, sin que medie juicio de valor en esta afirmación, la prensa comercial. Y con la lógica pretensión de alcanzar un público masivo, necesitan arroparse en la credibilidad.

Los caminos para hacerlo difieren según el caso. Algunos asumen que encaran el ejercicio de la profesión desde una óptica parcial. Buscan formar opinión sin ocultar que participan de una realidad en la que están involucrados material y simbólicamente. Páginal12, por ejemplo, es un coherente periódico progresista con la honestidad intelectual de aclararlo desde el vamos. Lo mismo podría decirse de La Nación, tribuna de doctrina conservadora por los siglos de los siglos. Son, desde el punto de vista ideológico, los ejemplos más evidentes que puedan tomarse.

Otros, en cambio, se jactan de ejercer un periodismo puro o independiente. Bajo esa máscara se esconden ciertos imperios de la comunicación y también alguna que otra conocida editorial. Miradas virginales se aproximarían al afuera social sin otro interés que el de “informar a la gente”. No habría en esta historia condicionamientos más que el de la propia subjetividad, ni construcción de sentido, ni recortes en función de los intereses antes expuestos. Ni hablar del reconocimiento como actores políticos. Como si el barro no los ensuciara, enarbolan la idea de la independencia y la de la neutralidad (¡!). El lector percibe que del otro lado hay alguien como él: un inquieto puro, virgen. (Podría abrirse en este punto un interesante debate sobre si hay, en estos casos, desinterés por indagar en estas cuestiones o el silencioso temor a que sea un camino en línea recta al escepticismo.)

La credibilidad presenta, entonces, una instancia de consenso que se construye a partir del lugar desde el que se habla. Al abrir el diario, veremos que previsiblemente hay hechos y discursos que son minimizados en detrimento de otros. Nos vamos adentrando así en una segunda instancia –tan importante como la primera– vinculada con el ejercicio periodístico propiamente dicho, el tratamiento informativo. La construcción de la noticia impone el chequeo de las fuentes, su contextualización, la palabra de todos los implicados, no tergiversar opiniones ni omitir maliciosamente información pertinente. Es un termómetro fiable para dar cuenta de qué nivel de periodismo tenemos delante.

Ningún medio, por lo tanto, está exento de estos señalamientos. En su arbitrario recorte de la realidad, retacean a la opinión pública temas de necesaria difusión institucional o social y eso será motivo de críticas. Habrá –así es el juego de las diferencias en democracia– otros que sí lo harán, por oportunismo, por convicción o por lo que fuere.

Lo que de ninguna manera puede admitirse es la mentira obscena del titular (a veces, desmentida hasta por la propia letra chica), el sensacionalismo lleno de agresividad y vacío de periodismo, la superpoblación de potenciales y de fuentes anónimas, el acomodo forzoso y tendencioso de la información, la brutalidad con que se desvirtúa una palabra o una oración hasta cosificarla impunemente. En ese marco, se puede afirmar que la Presidenta dice que a ella hay que temerle más que a Dios, se puede decir que es bipolar, se puede montar un circo alrededor de un presunto y nunca demostrado caso de corrupción, se puede repetir hasta el hartazgo una información refutada documentalmente. Hasta mover montañas se puede.

Violar estos mandamientos periodísticos implica reducir al lector a simple consumidor de climas previamente fogoneados, robustecer su discurso más primario a partir de la manipulación más descarada del objeto. Curiosamente, suelen ser los medios “independientes” los que con mayor frecuencia y gravedad incurren en estos atropellos. Nada tiene que ver esta certeza con sus posicionamientos políticos: se puede estar en la misma vereda y hacer periodismo para el papelón como también ejercer dignamente la profesión sin compartir los mismos ideales.

Si la discusión no la llevamos por esos carriles u optamos por gritar bien fuerte que “ellos”, a diferencia de “nosotros”, son todos mercenarios, habremos pecado de un simplismo bastante parecido a la estupidez.
Fuente: Página12, 5.6.13 por Fernando Ruggera, argentino estudiante de Comunicación Social UBA.

Masas, pueblo, multitud en cine y TV

por Mariano Mestman y Mirta Varela

Pueblo, plebe, muchedumbre, multitud, masa se encuentran entre los conceptos más problemáticos de la historia conceptual. Desde fines del siglo XIX no cesan los debates acerca de estos términos que han sido objeto de exaltación y desprecio, pero nunca de indiferencia o abandono. Esto es así porque las preguntas acerca de quién tiene derecho a nombrar al pueblo y qué valores están en juego en el acto de nombrarlo, sólo encuentran respuestas parciales o interesadas, pero nunca definitivas. Mientras varias tradiciones políticas e intelectuales ven en la acción de las masas el motor de la historia, otras destacan la falta de autonomía de lo popular. La problemática general de la representación de las masas reconoce una larga tradición en la filosofía política, la sociología, la historia cultural y la teoría estética. De hecho, Raymond Williams, uno de los legendarios fundadores de los estudios culturales británicos, afirmaba que la clave para una comprensión de la historia cultural de los últimos doscientos años era la discutida significación de la palabra popular.

El libro Masas, pueblo, multitud en cine y televisión, recientemente editado por Eudeba y coordinado por Mariano Mestman y Mirta Varela –con ensayos de Gonzalo Aguilar, Ana Amado, Mario Carlón, Claudia Feld, Marcela Gené, Clara Kriger, Irene Marrone, Mariano Mestman, Fabiola Orquera y Mirta Varela e investigadores extranjeros como Lynn Spigel (Chicago), Antonio Medici y Vito Zagarrio (Roma), Manuel Palacio y Concepción Cascajosa (Madrid)– no desconoce los debates sobre la historia de los conceptos, pero busca centrar su indagación en el plano de las imágenes. Desde sus inicios, la multitud estuvo presente en los medios modernos, cuya emergencia fue correlativa de la visibilidad de multitudes en las grandes ciudades. Del mismo modo que el cine fue un dispositivo fundamental para la conformación de un público de masas durante la primera mitad del siglo XX, no se puede desconocer el rol de la televisión posteriormente, así como el debate que en las últimas décadas ha suscitado lo que muchos autores denominan “el fin de los medios de masas”. Desde la presencia del público urbano en la oscuridad de las salas de cine, hasta las familias suburbanas para quienes la televisión se convirtió en la mayor fuente de ocio en el espacio doméstico, la conformación de un público de masas no puede eludir el rol de estos medios. Pero además, desde muy temprano, el cine también sirvió para poner en escena a los sujetos a quienes se dirige y devolverles, de esta forma, su propia imagen como en un espejo.

La elección de las imágenes como soporte privilegiado para observar el proceso de transformación de las representaciones de masas atiende, entre otras razones, a la posibilidad de “leer” en las imágenes aspectos desatendidos en el análisis de los discursos o las prácticas de los actores en instancias como manifestaciones, concentraciones o actos públicos. De esta manera, estaríamos frente a una transformación de las nociones de masas, pueblo, gente, multitud, plebe, ciudadanía en relación con los significados y valores que le fueron atribuidos, así como frente a una transformación de las figuraciones y los motivos visuales en torno de las masas, sus cambios en relación con los marcos político-culturales, los desarrollos tecnológicos, los discursos y teorías sociales en boga, las ideologías y estructuras del sentir. De algún modo, varios de los trabajos reunidos en el libro indagan en inflexiones históricas significativas para el tratamiento visual de las masas.

El libro se organiza en cuatro secciones, de acuerdo con criterios que son a la vez conceptuales e históricos. Sin embargo, más allá de la división en secciones, también son varios los ejes comunes. Algunos atañen a los motivos que llevan a las masas a ocupar el espacio público entre los polos de la celebración y la protesta y que, en muchos casos, implica también una relación de adhesión, distancia o exaltación de la figura del líder. Otros refieren al espacio público en tanto condicionante fundamental para que las masas se vuelvan visibles y el modo en que se ve afectado por las formas de recepción diferenciadas del cine y la televisión. También son recurrentes las referencias a los cambios técnicos introducidos en ambos medios –como el directo y el color– y las implicancias estéticas y formales que los acompañan. Las secciones son: los conceptos en la historia (de la “masa” a la “multitud”; las audiencias televisivas; el directo en cine y TV); los trabajadores: figuraciones de la celebración y la protesta (en noticiarios cinematográficos y películas argentinas); el pueblo como mito, sujeto o testigo (en el cine latinoamericano); las masas y la nación (en España, desde el franquismo hasta hoy, en Italia del cine de Mussolini a la televisión de Berlusconi, en Argentina entre Malvinas y el Informe de la Conadep).

Fuente: Página12, 5.6.13 por Mariano Mestman y Mirta Varela argentinos, docentes-investigadores Facultad de Ciencias Sociales UBA

El periodismo, rama de la literatura

por Alberto Zelada Castedo 
Entre los muchos rasgos que lo distinguían, el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuscinski, se destacó por su habilidad para expresar sus ideas con frases certeras, cargadas de sentido. Distinguido con el premio Príncipe de Asturias poco antes de su fallecimiento, ha pasado a la historia como un testigo de excepción de muchos acontecimientos que marcaron el siglo XX.
Se formó como historiador. Sin embargo, en un determinado momento, tal como el mismo confiesa, tuvo que optar entre los estudios históricos o el periodismo. Al inclinarse por este último oficio se volcó, según sus propias palabras, a “estudiar la historia en el momento mismo de su desarrollo”. Esta es la tarea primordial del periodista, o sea, “investigar, explorar, describir” la historia que se está formando o que transcurre en un momento preciso.
A pesar de la similitud entre los dos oficios, no son pocas las diferencias entre uno y otro. La primordial es que el historiador se esfuerza, antes que nada, en descubrir y describir o narrar lo que ha sucedido, mientras que el periodista se empeña además en buscar una explicación del acontecimiento, o sea, en tratar de responder a la pregunta “¿por qué?”. “Tener una sabiduría y una intuición de historiador –dice Kapuscinski– es una cualidad fundamental para todo periodista”. Sin embargo, el “buen periodismo”, aparte de describir el hecho, se empeña en presentar sus posibles causas, conexiones y contexto.
En conexión con esta idea y en respuesta a una pregunta del público durante una tertulia llevada a cabo en Italia a fines de los años 90, el distinguido periodista señaló que las “fuentes” de las que se valía para sus trabajos eran tres: en primer lugar, la gente o los “otros” a quienes hay que indagar sobre los hechos y sobre su visión de los hechos; en segundo lugar, los documentos, los libros, los artículos sobre cada tema; en tercer lugar, el “mundo que nos rodea” que equivale al “clima”, a la “atmósfera” que envuelve a los acontecimientos.
En nuestro tiempo, las dos primeras fuentes plantean serios desafíos pues crecen constantemente. El primer problema es seleccionar con propiedad a los “otros” y, en buena medida, su solución depende de la “intuición” y de la “suerte”. El segundo problema es el contacto fugaz con los otros, pues, como advierte el escritor, “la gente sobre la que vamos a escribir la conocemos durante un brevísimo período de su vida y de la nuestra”. En definitiva, la clave o el “secreto de la cuestión” está en apropiarse de aquellas cosas que las personas pueden decir en un breve período de tiempo.
Un último problema deriva de que “cada uno de nosotros ve la historia y el mundo de forma distinta”. De todo acontecimiento se obtienen muchas versiones enraizadas en diversos modos de ver e interpretar la realidad. Pero, además, con el tiempo cambian las actitudes y los recuerdos, tanto de aquellos a quienes se indaga como del periodista que vierte en un texto su experiencia.
Al periodismo que practicó, Kapuscinski lo consideraba una “nueva rama de la literatura” que tenía “dos grandes enemigos”.
Primero, los “escritores de ficción” que no admiten a los reporteros en su casa y, segundo, los “periodistas puros” que no “tienen ganas de hacer algo que no sea pura noticia, pura información”. En cierta medida, estos últimos son producto de los tiempos actuales, en los cuales el valor de la noticia o del texto que antes era “dar cuenta de la verdad” ha sido sustituido por la “búsqueda de lo interesante o lo que se puede vender”.
Fuente: Los Tiempos, 5.6.13 por Alberto Zelada, boliviano miembro del Observatorio Político de la Universidad Gabriel René Moreno

La prensa escrita debate sus retos en el congreso mundial de Bangkok

La Asociación Mundial de Periódicos inició hoy en Bangkok su reunión con asuntos a tratar como la situación que atraviesan los diarios a causa de la caída de los ingresos, el auge de los medios digitales y la libertad de prensa.

Cerca de un millar de directores de diarios y representantes de compañía editoras de periódicos participan en este congreso que se celebrará en un hotel de la capital de Tailandia hasta el próximo 5 junio.

El evento coincide con el 65 aniversario de la creación del Congreso Mundial de Diarios organizado por la Asociación Mundial de Periódicos (WAN-IFRA).

Este congreso comenzó con debates en mesas redondas en las que los participantes estuvieron de acuerdo en que los diarios, además de necesitar su versión en internet también deben tener páginas digitales para tabletas o teléfonos móviles que respondan a la demanda del consumidor.

Stig Nordqvist, director ejecutivo de la sección de publicaciones digitales de WAN-IFRA, señaló que el consumo de noticias mediante teléfono móvil será muy pronto tan grande como ahora lo es el que se hace mediante ordenadores, mientras que la circulación de diarios y la publicidad continuaran descendiendo en los mercados “maduros”.

Nordqvist apuntó que las publicaciones sin línea de negocio en internet tendrán dificultades para continuar siendo viables y que centrarse en el desarrollo de productos digitales es esencial para generar ingresos.

Según el representante de WAN-IFRA en varios de los mayores grupos de medios de comunicación el 50 por ciento de los ingresos que perciben lo generan sus plataformas digitales.

“Para esto los diarios necesitan hacer una gestión adecuada de sus sistema de datos y un lograr un equilibrio de anunciantes y clientes”, apuntó.

No obstante, Giles Demptos, de WAN-IFRA, dijo en su intervención que está cambiando “la impresión generalizada de que sería imposible invertir la cultura del todo gratis (en internet) y de que la gente nunca iba a pagar por esto”.

Por su parte, Jacob Mathew, presidente de la Asociación Mundial de Periódicos, felicitó a los periodistas y diarios de Birmania (Myanmar) por “haber conseguido la libertad de prensa” en un país que durante casi medio siglo vivió bajo una férrea dictadura.

Fuente: Agencia EFE, 3.6.13

Protocolos y periodismo

El respeto de los derechos humanos y la preservación de la democracia necesitan del “buen hacer informativo”, tarea que no puede quedar librada a su suerte o cargarse a la cuenta de los periodistas o los editores responsables, mucho menos de los empresarios. Si la libertad de prensa no es un derecho absoluto, eso quiere decir que puede ser objeto de discusión y regulación pública.

Con la protocolización del quehacer periodístico se busca adecuar el tratamiento informativo de los hechos a los estándares internacionales de derechos humanos. Protocolizar significa establecer una serie de criterios que orienten la redacción o presentación de una noticia en radio o televisión.

La protocolización implica abandonar el modelo de periodismo forjado en el siglo XIX, que sostiene que el periodismo, como cualquier oficio, es algo que se aprende en la calle, en la sala de redacción, midiéndose con la máquina de escribir todos los días, al lado de un maestro-referente que apadrina o guía, que sabe trasmitirnos los secretos del oficio de escribir. Esta visión romántica es tributaria de la historia que le tocó. Hoy en día, las sociedades son mucho más complejas, hay más conflictos, más actores con más problemas y esos problemas, con todos sus actores, deben ser atendidos no perdiendo de vista los estándares internacionales de derechos humanos, las viejas y nuevas conquistas sociales producto de las luchas previas que el propio Estado debe garantizar. La democracia necesita de otro prototipo de periodista y de otra manera de hacer la información.

Hace rato que la labor periodística viene siendo objeto de reflexión y regulación. Prueba de ello son los “manuales de estilo” y “los códigos de ética”. El problema que tienen estos marcos normativos es que son declamativos: sólo estipulan principios enunciativos que no tienen un carácter vinculante para los editores o periodistas. Se trata de declaraciones de principios que sólo obligan moralmente al periodismo. Estos códigos deontológicos funcionan de la misma manera que los Diez Mandamientos: sólo se limitan a decirnos lo que no debemos hacer, pero nunca nos dicen cómo debemos hacer para no hacer lo que no se debería hacer.

Por el contrario, los “protocolos de procedimiento profesional” no son tratados morales, una declaración de buenas intenciones, un listado de aspiraciones. No establecen principios, sino

procedimientos a los que debe adecuarse la producción periodística. Se trata de hacer del periodismo un acto deliberado y no automático o romántico. Cuando escribe la noticia que eligió o le dijeron que escriba, el periodista deberá seguir determinados pasos. Con ello se busca tener en cuenta y respetar los derechos de los actores involucrados en cada noticia, así como también garantizar la calidad informativa para enriquecer el debate que necesitan las democracias.

El objeto de los protocolos no es el contenido, sino el procedimiento. No le dicen al periodista qué tiene que decir, sino cómo hacerlo; no le dicen sobre qué escribir, sino cómo debe hacerlo para que no vulnere los derechos de las personas involucradas en esa noticia y para que la ciudadanía reciba información de calidad.

Otra diferencia con los códigos deontológicos hay que buscarla en sus autores. Si los manuales de estilo son redactados por las empresas periodísticas y los códigos de ética por los gremios de la prensa, los protocolos son el resultado de un debate colectivo que debe involucrar a diferentes actores donde, además de las empresas periodísticas y los periodistas, contemple las carreras de comunicación social y periodismo con sus equipos docentes, investigadores y estudiantes; los distintos movimientos sociales; sindicatos; partidos políticos; el Estado; juristas; otras organizaciones de la sociedad civil, etcétera. El debate sobre la información no puede ser un debate corporativo, tiene que ser el fruto de una discusión abierta y vigorosa.

En definitiva, los protocolos son instrumentos a través de los cuales la ciudadanía podrá después pedir que el periodismo rinda cuentas por las noticias que escribió. Esto es lo que algunos han llamado Sistema Ciudadano de Rendición de Cuentas de los Medios, que funcionan como mecanismos de equilibrio y contención de los medios. Si la sociedad civil no cuenta con sistemas de control externos, si los mass media están exentos de cualquier tipo de control social (y que conste que no digo gubernamental), tienden a desbordarse y a pensar la realidad con los intereses de las empresas. Cuando eso sucede –como ahora–, estaremos en problemas. No sólo la democracia, sino la vigencia de los derechos humanos.

Fuente: Página12, 15.5.13 por Esteban Rodríguez, argentino profesor de Derecho a la Información en la UNQ, autor de Contra la prensa y Justicia mediática.

¿Periodista o propagandista?

Hay dos profesiones que se parecen, pero no son lo mismo. Nacen del mismo huevo, pero tienen funciones diferentes. Periodista y propagandista. Hay personas que un día son periodistas y otro día, relacionistas (salvo excepciones). O un día relacionistas, propagandistas y otro día quieren ser periodistas. Veamos las diferencias.

El periodista tiene como objetivo buscar y publicar la verdad (humilde, circunstancial), así afecte a su jefe máximo, su padre, su madre, el dueño de la empresa donde trabaja, el compañero de trabajo o el amigo más cercano. Opta por la verdad porque es el alimento de la democracia

El propagandista tiene como objetivo cuidar la imagen de su jefe máximo, así afecte a la verdad, que nutre a millones de personas que componen una sociedad. Presta sus servicios a un político, un empresario o una institución pública o al Gobierno de turno. Si un día se animara a decir la verdad en contra de su jefe, cometería un contrasentido en su profesión y anularía el fin último de su existencia funcional.

El periodista tiene un gran jefe: la sociedad, su público, su audiencia, los televidentes, los radioescuchas, los internautas, los lectores, se debe a ellos y ellas, ante ellos y ellas rinde cuentas; en última instancia, sólo ante la comunidad puede inclinarse y someterse, pero en términos democráticos.

El relacionista tiene un gran jefe, al que cuida de la sociedad, de los públicos de los medios de comunicación, de los internautas, de los radioescuchas, de todos aquellos y todas aquellas que se atrevan a cuestionarlo o a descubrir lo que intenta ocultar.

El periodista produce información, comprendida como un bien público, cuya esencia es cualificar la democracia, ampliar la participación social, aportar con elementos de juicio a la gente para que construya decisiones en función de intereses comunes y respete al otro en su dimensión humana y cultural.

El relacionista produce propaganda, entendida como la fábrica de la mentira porque oculta la verdad o la exagera o la disfraza para preservar el poder o la “buena imagen” de su jefe, de su partido, de su grupo.

El periodista distribuye la palabra para coadyuvar en la distribución del poder; al distribuir la palabra entre los diferentes actores distribuye el flujo democrático de ideas en la sociedad, que no es más que un abigarrado sistema de intereses, donde cada uno y una se esfuerzan por convivir bien con el otro.

El propagandista distribuye la palabra de su jefe, de la persona que le paga, generalmente no le interesan las otras palabras o voces, menos aquellas críticas, aquellas que desnudan la verdad o

buscan contrastar opiniones para llegar a la realidad de los hechos; busca sobredimensionar la palabra de su benefactor para cuidarlo. El periodista es un ser político, pero no un ser sumiso a un partido; no es neutral, pero practica el equilibrio para cristalizar el pluralismo; su opción contundente es la justicia, lo que le obliga a mantener su honestidad intelectual en el marco de la libertad de expresión y el derecho a la información, que pertenece a la sociedad, más que a él.

El propagandista es un mercenario de la palabra, hoy puede trabajar para su jefe izquierdista y mañana para su jefe derechista o fascista; casi siempre es oficialista porque es hábil para vivir al amparo del poder político o fáctico porque sólo bajo esa sombra “brilla”.

Periodistas y propagandistas están ahí. A cada quien se lo juzga por sus obras. Lo que no es bueno ni coherente es que el propagandista o relacionista se disfrace de periodista y engañe a la sociedad, dando propaganda en lugar de información para beneficiar a su jefe máximo, a quien considera su dios, en desmedro de millones de personas. Entonces, se convierte en un sicario del periodismo.

Fuente: Página siete, 12.5.13, por Andrés Gómez Vela, periodista boliviano

Artículo 19

Quienes contra viento y marea suponemos que las decisiones humanas son prioritariamente racionales encontramos poco apoyo para nuestro prejuicio en algunas medidas gubernamentales. Un ejemplo destacado es la prohibición y persecución internacional de ciertas drogas, cuyo resultado ha sido el aumento de su consumo, de su precio y de su adulteración, así como una multiplicación terrorífica de la delincuencia ligada a su comercio ilegal. En algunos países americanos, como Colombia y México, el crimen organizado y las rivalidades entre las bandas han llegado a amenazar la estabilidad social y política. Por cada zar de la persecución hay cien rasputinesdel tráfico, el celo de unos apoya el beneficio de los otros y todos se ganan bien la vida… salvo los miles de víctimas de este juego macabro. Pero claro, nos aseguran, los principios son lo primero y la cruzada debe continuar.

En México, la narcoviolencia se ha cobrado ya este año casi 2.700 víctimas, 237 entre el 13 y el 19 de abril (incluyendo ocho decapitaciones). Uno de los colectivos más castigados es el de los periodistas, amenazados, secuestrados y ejecutados a mansalva, sobre todo en los Estados de la federación que padecen el dudoso honor de ser campos de batalla entre narcotraficantes por su proximidad con EE UU, el principal consumidor y también patentador de la cruzada antidrogas. Quienes llevamos décadas visitando México hemos visto cómo algunas de las poblaciones más tranquilas y ordenadas —Monterrey, Guadalajara, Veracruz, Acapulco, Torreón…— se convertían en territorio de alarma permanente por culpa de este bandolerismo despiadado y brutal. Y los medios de comunicación locales que no se avienen a silenciar o minimizar esos desmanes son objetivos prioritarios del odio de los delincuentes. Lo peor es que no se trata de amenazas solamente dirigidas a los reporteros, sino contra cualquiera de los trabajadores del diario, como demuestran los secuestros de cinco de los empleados de El Siglo de Torreón, así como el tiroteo de sus guardias de seguridad. Si se “contaminan” por su vinculación al periódico, nadie está seguro: es el modus operandi habitual de los gánsteres, una generalización intimidatoria que hemos conocido en los más diversos campos (incluido el periodístico) en el País Vasco y que ahora tratan de minimizar o convertir en mérito por renuncia los matones reciclados en gobernantes.

La organización Artículo 19 México, dedicada a la promoción y defensa de la libertad de prensa en el país, también ha sido directamente amenazada por quienes a través del miedo y el crimen se consideran con derecho al señorío ilegal pero efectivo de la sociedad. El mensaje feroz que han recibido no destaca por su corrección ortográfica ni por su coherencia gramatical, aunque dado su contexto tampoco puede ser echado en saco roto: “mucha puta libertad verdad, a ver que tan verga eres cuando acabes tu y tus putitos bien puteados, ya nos tienes hasta la madre estamos viéndote y bien cerca osea no te sigas crellendo mucho que te partimos la madre son unos pendejos que tenemos ganas de chingaronos sabes quienes somos y que si lo podemos hacer”. Es fundamental que organizaciones como Artículo 19 continúen

activas, pese a tener que soportar intentos de amedrentamiento que con frecuencia no se quedan en simples excrementos verbales como el antes transcrito. Y en su apoyo deben movilizarse todos los ciudadanos conscientes de que cuando una sociedad que aspira a ser democrática abandona a sus informadores y voces críticas renuncia a sí misma. Como dijo Bertrand Russell, “si no podemos evitar los demás crímenes, al menos evitemos el del silencio”. Porque romper la imposición del silencio es el comienzo de la lucha contra el resto de los crímenes.

Hace pocos días falleció Fernando Castelló, histórico defensor de la libertad de prensa. Valga esta nota como modesto homenaje a su memoria.

Fuente: El País, 12.5.13 por Fernando Savater, escritor español

Libertad de expresión y periodismo

En el pasado, particularmente durante la época del melgaregismo, era un sacrilegio emitir opiniones, informar o criticar sobre las actuaciones gubernamentales, y para aquellos que se atrevían a utilizar los medios, la respuesta era inclusive la pena de muerte, de manera que la política fue acallar cualquier pretensión de esa naturaleza.

Menos mal que en enero del año 1925, se dio inicio al respeto de las opiniones o informaciones a través de la Ley de Imprenta, que alguna gente del presente la quiere mostrar como obsoleta, cuando en nuestro país se tuvo los Códigos Santa Cruz, cuya vigencia fue de más de cien años, sin que alguien hubiera observado los mismos, pese al avance de la ciencia del Derecho,

La Ley de Imprenta no tiene esos cien años de nuestros códigos, de modo que al presente aún sigue vigente, así como el Código de Ética del Periodista, con el que cuenta este sector de la sociedad boliviana, para garantizar el ejercicio de la profesión.

Este pasado 10 de mayo se ha recodado el Día del Periodista, y hacemos un breve paréntesis de nuestra actividad, tal como lo hace cualquier sector de la sociedad, para referirnos a los avatares que tiene que enfrentar el periodista cuando tiene que informar la verdad de un hecho, opinar sobre el mismo o finalmente criticar alguna conducta de quienes se encuentran en el ejercicio gubernamental.

Cuando se produce la concentración del poder, obviamente que los abusos emergentes de aquella actitud tienen que ser informados al soberano (el pueblo), pero quienes estamos comprometidos con esta profesión, no podemos dejar de ser analistas, menos críticos de lo malo, así como también aplaudir lo bueno.

Lo cierto es que el periodismo se debe sustentar en la libertad de expresión y en la libertad de información, principio fundamental de la democracia en cualquier parte del mundo, so pena de encontrarnos en un sistema dictatorial o autocrático, debiendo tenerse presente que la LIBERTAD es uno de los derechos fundamentales del hombre, conseguido con sangre y luto tras luchas a través de la historia, y que se plasmó en la Declaración de los Derechos del Hombre, recogidos por la Carta de la ONU, así como pactos internacionales como el de San José de Costa Rica, e incorporados en la diversas Constituciones Políticas de los Estados, donde se ha establecido el ejercicio de una verdadera democracia.

Tenemos que recordar a eximios periodistas del pasado , como el Dr. José Carrasco Torrico, fundador de “EL DIARIO”, Carlos Montenegro, Augusto Céspedes, José Cuadros Quiroga, Armando Arce, Rodolfo Salamanca, Jorge Suárez, Ted Córdova Claure, Carlos Miralles de La Patria de Oruro y muchos más, quienes en su momento sostuvieron a ultranza la libertad de expresión e información. Las nuevas generaciones de periodistas deben continuar este legado en sus tareas diarias, porque de lo contrario no estarían cumpliendo con el pueblo al que se deben.

Merecen especial mención en esta nota el Rvdo. Padre José Gramunt de Moragas, los matutinos EL DIARIO y Página Siete, por haber sido los que nos dieron ejemplo de rectitud

en sus informaciones y editoriales, y por ser celosos defensores de la Libertad de Expresión y Prensa, pero que a la postre sufrieron la avalancha de los depositarios del poder.

En la posesión de los nuevos miembros del Tribunal de Imprenta, consagrado por su respectiva Ley, se señaló con absoluta claridad que el periodismo es el último reducto de la democracia, ya que sin libertad de expresión no hay democracia.

(El ejercicio del poder corrompe y su sometimiento degrada)

Fuente: El Diario, 11.5.13 por Santiago Berrios,  periodista y abogado constitucionalista.

CIDH: el valioso trabajo del periodismo

La CIDH insta a adoptar medidas eficaces de prevención, protección e investigación frente a la violencia contra periodistas

En el vigésimo aniversario del Día Mundial de la Libertad de Prensa, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), reconoce el valioso trabajo de las mujeres y los hombres que ejercen el periodismo en nuestra región, y llama a los Estados a adoptar mecanismos eficaces de prevención y protección frente a circunstancias que puedan amenazar la vida, seguridad o integridad personal de las y los comunicadores.

 La Relatoría Especial insta en una comunicación institucional a las autoridades a erradicar las causas que fomentan y perpetúan la violencia contra las y los periodistas y trabajadores de los medios y a tomar todas las medidas necesarias para acabar con la impunidad de estos crímenes.

El sistema interamericano de derechos humanos ha reconocido que la libertad de expresión es un instrumento esencial para el funcionamiento de los sistemas democráticos, la denuncia contra la arbitrariedad y la lucha por los derechos de las personas. En particular, el sistema interamericano ha explicado que la prensa es una herramienta clave para la formación de una opinión pública informada y consciente de sus derechos, el control ciudadano sobre la gestión

pública y la exigencia de responsabilidad de los funcionarios estatales. Sin una prensa plural, vigorosa, libre e independiente los abusos de poder quedan silenciados y se fomenta el arraigo de sistemas autoritarios. No en vano la primera medida adoptada por los regímenes autoritarios en todas las latitudes ha sido históricamente la de impedir el ejercicio de una prensa crítica e independiente y prohibir todo acto de disidencia.

Las Américas han tenido un avance significativo en el goce efectivo del derecho a la libertad de expresión. Sin embargo, esta Relatoría Especial ha llamado la atención sobre el sensible aumento, en los últimos años, de la violencia contra las y los periodistas, asociada al ejercicio de su profesión y el preocupante estado de impunidad de dichos crímenes. Las condiciones anteriores hacen que en la actualidad, algunas zonas de nuestra región sean catalogadas como de extremo riesgo para el ejercicio del periodismo.

En términos del Principio 9 de la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión de la CIDH “el asesinato, secuestro, intimidación, amenaza a los comunicadores sociales, así como la destrucción material de los medios de comunicación, viola los derechos fundamentales de las personas y coarta severamente la libertad de expresión. Es deber de los Estados prevenir e investigar estos hechos, sancionar a sus autores y asegurar a las víctimas una reparación adecuada”.

Tal y como lo establece el Plan de Acción de las Naciones Unidas sobre la Seguridad de los Periodistas y la Cuestión de la Impunidad, con el cual la Relatoría Especial se encuentra plenamente comprometida: “los esfuerzos encaminados a poner fin a la impunidad en la esfera de los crímenes de los que son víctimas los periodistas deben correr parejos a la defensa y la protección de los defensores de los derechos humanos en general. La promoción de la seguridad de los periodistas y la lucha contra la impunidad no deben limitarse a adoptar medidas después de que hayan ocurrido los hechos. Por el contrario, se necesitan mecanismos de prevención y medidas para resolver algunas de las causas profundas de la violencia contra los periodistas y de la impunidad”.

Por esta razón, con motivo del vigésimo aniversario del Día Mundial de la Libertad de Prensa, esta Relatoría Especial para la Libertad de Expresión recomienda a los Estados:

 •Adoptar mecanismos de prevención adecuados para evitar la violencia contra las y los comunicadores, incluyendo la condena pública de todo acto de agresión en su contra;

 •Adoptar medidas eficaces de protección para garantizar la seguridad de quienes se encuentran sometidos a un riesgo especial por el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión;

 •Realizar investigaciones serias, imparciales y efectivas sobre los hechos de violencia cometidos contra periodistas y trabajadores de medios de comunicación social, juzgar y condenar a todos los responsables de estos hechos, y reparar adecuadamente a las víctimas y sus familiares;

 •Derogar el delito de desacato y promover la modificación de las leyes sobre difamación criminal, a fin de eliminar la utilización de procesos penales para proteger el honor y la reputación cuando se difunde información sobre asuntos de interés público, sobre funcionarios públicos o sobre candidatos a ejercer cargos públicos; y

 •Abstenerse de hacer declaraciones públicas o de utilizar los medios estatales para hacer campañas públicas que puedan incentivar la violencia contra las personas por razón de sus opiniones. En particular, evitar las declaraciones que puedan estigmatizar a periodistas, medios de comunicación y defensores de derechos humanos.

La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión es una oficina creada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a fin de estimular la defensa hemisférica del derecho a la libertad de pensamiento y expresión, considerando su papel fundamental en la consolidación y el desarrollo del sistema democrático.

Fuente: Periodistas en español, 3.5.13 por Rafael Jiménez, periodista español